El profesor Esteban Morales está, seguramente, muy decepcionado. Raúl Castro ha convocado, por fin, el Congreso del Partido Comunista de Cuba, el sexto y penúltimo, que se celebrará, con mucha pompa y aplausos, en la primavera del 2011. Cuesta trabajo creer que haya en toda la isla alguien que espere mucho de una reunión tantas veces postergada que hasta sus propios organizadores la consideran, secretamente, poco más que una formalidad.
Han pasado tantos años del último Congreso, que los cubanos han sacado la conclusión, justificadísima, de que no hay verdaderamente ninguna necesidad de que se celebre congreso alguno. Para el profesor Morales, sin embargo, el próximo Congreso no es un simple ritual político, un pretexto para recitar, con histérica grandilocuencia, todos los guáimaros y baraguás de nuestra memoria patriótica, y jurar fidelidad numantina a la causa de una revolución hace mucho clausurada por sus propios líderes, sino la última oportunidad para obtener una completa, plenamente satisfactoria reivindicación.
Que ya no obtendrá, al parecer. Raúl Castro ha insistido en que el Congreso se dedicará, exclusivamente, a la economía, y que no se perderá tiempo en fruslerías políticas. El propósito más evidente del Congreso es convencer a los delegados de que a la economía cubana no le queda más remedio que el mismo que han adoptado las economías de Grecia, Irlanda, España, Gran Bretaña y otras naciones víctimas de la crisis mundial: cortar ferozmente el gasto público, eliminar o reducir los subsidios y las prestaciones sociales, echar a la calle a cientos de miles de empleados del Estado. Corren incluso rumores maliciosos, que preferimos por el momento no creer, de que el gobierno cubano va a cometer la villanía de cancelar las pequeñas pensiones de los enfermos de SIDA. Nadie hubiera podido imaginar que Raúl Castro, a su provecta edad, se disfrazaría de Margaret Thatcher: habrá que ver si, como a la formidable Maggie, no le tiembla el pulso cuando los desempleados y los hambrientos de Cuba le pidan cuentas. Es casi imposible imaginar que el Congreso no terminará por aceptar, con patológica docilidad, cualquier cosa que diga Raúl Castro, en particular si el fantasma que es su hermano mayor aparece ante el Partido del que es todavía, al menos formalmente, jefe. El pobre profesor Morales, probablemente, perderá la oportunidad de probar su inocencia, de declarar su irreductible lealtad, y de pedir, con tanta insistencia que sería cruel creerlo insincero, que lo admitan de nuevo en el Partido que una vez Fidel llamó, cómicamente, inmortal.
Como bien se sabe, el profesor Morales, antiguo director del Centro de Estudios sobre Estados Unidos de la Universidad de La Habana, fue expulsado del Partido Comunista de Cuba después de publicar un artículo que con mucha pasión y poca gramática denunciaba la corrupción rampante entre los dueños de la isla. Morales llegó a decir que la “contrarrevolución” había tomado posiciones en “ciertos niveles” del Estado y del Gobierno, y que había “gentes” en esos círculos que se estaban “apalancando financieramente para cuando la Revolución se caiga”. Como se ve, no hay peligro de que el profesor Morales se convierta en el Vaclav Havel de Cuba, algo que los supremos sacerdotes del Partido deberían haber tenido en consideración antes de condenarlo. En su artículo, el profesor Morales dedica, sumariamente, solo unas pocas líneas a la contrarrevolución que él no considera “verdadera”, de la que dice, “se encuentra aislada: carece de programa alternativo, no tiene líderes reales, no tiene masa”. Al profesor Morales esos individuos no le quitan el sueño, ni, por lo que sabemos, le perturban los relatos sobre los abusos en las cárceles cubanas, ni le disgustan los ataques de las turbas habaneras contra mujeres indefensas, vestidas de blanco y gladiolo. Más le preocupan los funcionarios del gobierno cubano cuya escandalosa fragilidad moral puede ser comprobada fácilmente por los servicios de inteligencia extranjeros, “y de ahí a las manos de los servicios norteamericanos no va nada”. Habría que darle la razón al profesor Morales en este punto: los espías norteamericanos pueden fácilmente enterarse de lo que cualquier ciudadano de Cuba está ampliamente informado. Los juanes y pedros de la isla no sabrán exactamente cuánto dinero tenía en Suiza o Panamá el general Acevedo, ahora caído en honda desgracia, pero nadie se asombró demasiado cuando los rumores sobre su súbita destitución circularon por toda Cuba. Menos cauto que la mayoría de sus compatriotas, el profesor Morales, que había conservado una ejemplar discreción sobre estos filosos asuntos durante toda su larga carrera académica, se atrevió a publicar su artículo no en una minúscula revista filosófica, sino en Internet, donde los espías norteamericanos, esos despistados, pudieron leerlo y enterarse de los males de nuestro país. José Ramón Machado Ventura, vicepresidente de Cuba y cancerbero del Partido, debe haber dado un puñetazo en la mesa y proferido una impublicable grosería. El profesor Morales fue expulsado ignominiosamente del Partido Comunista, a pesar de la valiente oposición de sus compañeros en el comité local del Centro de Estudios sobre Estados Unidos. Una comisión está, según se ha dicho, estudiando la apelación del infortunado académico, quien ha asegurado que recurrirá al pleno del Congreso si el agravio cometido contra él no es generosamente rectificado.
Desearíamos, naturalmente, que el profesor Morales sea readmitido, si tanto lo desea. Sería inexplicable que un partido al cual ya tan pocos desean unirse de buen grado, rechace tan desdeñosamente a alguien que le profesa tan desconsolada lealtad. Pero el asunto del profesor Morales no pinta bien: los partidos comunistas no han sido usualmente benignos con aquellos miembros que han cometido el crimen de decir exactamente lo que piensan. Desde Trotsky hasta Deng Xiaoping, la heterodoxia y la insubordinación han sido minuciosamente castigados por implacables Politburós. Trotsky, por supuesto, nunca pidió perdón a Stalin, y murió honorablemente bajo el hacha del asesino Ramón Mercader. Deng Xiaoping, por su parte, se las ingenió para sobrevivir la cólera de Mao y la hostilidad de sus herederos, y emergió triunfante del caos de la Revolución Cultural. Muchos de los partidarios de Trotsky intentaron obtener de Stalin una suerte de absolución, y la obtuvieron, solo para caer, como moscas, durante las olas de terror que diezmaron a Rusia hasta la muerte del Generalísimo. En abril de 1976, Deng Xiaoping, que había sido obligado a firmar una serie de “autocríticas”, y había sido llamado “hierba venenosa” en los periódicos de Pekín, fue destituido de todos sus cargos en el Partido Comunista y en el gobierno de China, solo para regresar triunfalmente al poder un año más tarde, tras la muerte de Mao. Tanto Trotsky como Deng Xiaoping entendieron claramente que sus enemigos nunca los perdonarían, y se abstuvieron de solicitar clemencia. Pero Boris Yeltsin, en cambio, no tuvo reparos en hacerlo. El 1ro de julio de 1988, Yeltsin, que de primer secretario del Partido Comunista de la Unión Soviética en Moscú había caído en el espacio de pocos meses a la insignificante posición de Vicepresidente del Comité Estatal de la URSS para la Construcción, se presentó en la 19 Conferencia del PCUS agitando su carné de miembro del partido y solicitó la palabra. La Conferencia, y toda la vasta Unión Soviética quedaron estupefactas ante la osadía de Yeltsin. Los espectadores que seguían la transmisión televisiva de la Conferencia apenas podían creer lo que estaban viendo. Yeltsin había caído en desgracia el año anterior, tras pronunciar un discurso en el Pleno del Comité Central del Partido criticando la lentitud de las reformas emprendidas por Mijaíl Gorbachov. Ante sus atónitos camaradas, Yeltsin había advertido del peligro de un nuevo culto a la personalidad, y había afirmado que a Gorbachov le escondían las miserables condiciones de vida de los ciudadanos soviéticos. Fue un desastre político: durante tres largas horas, el pleno se dedicó a criticar a Yeltsin, en vez de prestar oídos a sus advertencias. En su puesto de Moscú, Yeltsin, traído a la capital por el propio Gorbachov, no había hecho demasiados amigos. Había perseguido con saña a los funcionarios corruptos, y había despedido a tantos, que después de varios meses no quedaba en Moscú nadie que hubiera ocupado su puesto por más de un año. Los moscovitas tomaron nota del extraño personaje, que había declarado la guerra a la crónica corrupción de la burocracia partidista, y encima, viajaba ostentosamente a su oficina en autobús, como un ciudadano común y corriente, no en limosina como sus colegas. La facción conservadora del Comité Central, liderada por Egor Ligachov, segundo secretario del PCUS, identificó rápidamente a un enemigo en el primer secretario de Moscú. Después de su discurso en el Pleno, en octubre de 1987, Yeltsin quedó aniquilado. Ningún líder soviético se había recuperado jamás de semejante caída desde el Politburó hasta los bajos fondos de la administración del Estado.
Pero Yeltsin reapareció en la Conferencia y reclamó ser escuchado. Gorbachov, que presidía, no tuvo más remedio que darle la palabra. Mansamente, Yeltsin pidió ser rehabilitado. “La rehabilitación política”, dijo, “se ha vuelto común después de 50 años. Y eso ayuda a mejorar la atmósfera en la sociedad. Pero yo quiero ser rehabilitado cuando todavía estoy vivo”. Y continuó: “Esta es una cuestión de principio, y muy apropiada a la vista del informe presentado, y de los discursos a favor del pluralismo político, de la crítica y de la tolerancia de las opiniones diversas”. La Conferencia estaba a punto de estallar. Yeltsin, atrevidamente, añadió: “Ustedes saben que mi discurso ante el Pleno fue considerado políticamente erróneo. Yo creo que mi único error fue hablar en el momento equivocado”. Finalmente, una súplica: “No marquen a las personas como herejes. Me cuesta trabajo aceptar lo que ha pasado, y le pido a la Conferencia que rectifique la decisión del Pleno”. Gran escándalo. Ligachov, cuyos seguidores eran mayoría en la Conferencia, tomó la palabra. “No puedo permanecer en silencio, porque el Comunista Yeltsin ha tomado el camino equivocado. Resulta que esta persona no tiene una fuerza constructiva, sino destructiva. Su evaluación del proceso de reestructuración, su estilo y métodos de trabajo han sido considerados por el Partido como erróneos y sin base”. Posiblemente, Ligachov creía que estaba poniendo punto final al affaire Yeltsin. El discurso de este, dijo, “está dirigido a sembrar dudas, y es exactamente lo que los extranjeros esperan oír, dudas acerca del curso político del Partido y de la necesidad de continuarlo”. Ligachov entonces le propinó a Yeltsin el golpe final: “¡Tú, Boris, estás equivocado!” La Conferencia rugió. La petición de Yeltsin fue rotundamente rechazada. Sería, como probaría la historia, un grave error de cálculo. En Moscú aparecieron carteles: “¡Tú, Boris, tienes razón!” En septiembre de 1988, Gorbachov logró eliminar la amenaza de Ligachov: el segundo secretario fue removido de su posición en control del aparato ideológico del Partido y fue encargado de la agricultura. Ligachov todavía intentaría su revancha en el XXVIII congreso del PCUS, el último, en el verano de 1990. Se presentó como candidato “leninista” al puesto de segundo secretario, por primera vez electo directamente por los delegados, en vez de por el Politburó. Pero obtuvo solo 776 votos, contra 3109 del candidato de Gorbachov, Vladimir Ivashko. Dentro de pocos días, Ligachov, todavía influyente en el Partido Comunista de Rusia, cumplirá 90 años.
Boris Yeltsin presidiría la meticulosa destrucción de Rusia a lo largo de toda una década, la que siguió a la desaparición de la Unión Soviética, hasta entregar el poder al ex agente de la KGB Vladimir Putin, en la última noche de 1999. Su administración fue, ciertamente, catastrófica. Pero la historia, esa intrigante, le concedió el beneficio de ver caer a todos los que le habían negado el perdón en 1988. Un año después de su humillación pública, Yeltsin logró un asiento en el Congreso de Diputados Populares, como representante de un distrito moscovita. A los pocos meses, aupado por facciones reformistas, era ya Presidente del Presidium del Soviet Supremo de Rusia. Se presentó, triunfante, en el XXVIII Congreso del PCUS. Había sido incluido en la lista de candidatos al Comité Central. El Partido parecía finalmente dispuesto a perdonarlo, o al menos, a ceder ante su abrumadora popularidad. En el penúltimo día del Congreso, tomó el estrado y anunció su decisión de abandonar el Partido. “Hablé solo después de pensar cuidadosamente lo que iba a decir”, recordaría Yeltsin. “Cuando descendí del estrado sentí que los ojos de todas las personas en la sala me seguían. Probablemente trataban de adivinar si volvería a mi asiento o me marcharía. Me marché, y creo que ese fue el punto final de aquel asunto”. Los delegados aullaron: “¡Vergüenza! ¡Vergüenza!” Un año después, en los días siguientes al golpe de estado contra Gorbachov, Yeltsin disolvió el partido que una vez se había negado a escucharle.
¿Dará alguien un portazo semejante en el sexto, y penúltimo, Congreso del Partido Comunista de Cuba? No será el profesor Esteban Morales, un hombre, hasta donde se sabe, inteligente y bien intencionado, pero cuyo análisis de los males de Cuba resulta fatalmente superficial. Quizás, en un raro momento de compasión, el feroz Machado Ventura decida perdonarlo, lo cual sin dudas celebraríamos. Otros podrían también solicitar clemencia al congreso por sus presuntos errores. En estos años, ha crecido la lista de antiguos líderes cubanos que han sido expulsados de sus cargos y del Partido sin oponer resistencia, exhibiendo una mansedumbre no vista desde que Nikolai Bukharin, en vísperas de ser ejecutado, escribió una nota a Stalin: “Koba, ¿por qué necesitas que yo muera?” Sería una gran sorpresa que el Congreso perdonara al pusilánime Carlos Lage, o al aborrecible Felipe Pérez, aunque no sería particularmente raro que esos ex poderosos solicitaran una revisión de sus condenas. Más sorprendente sería aún que alguien, por primera vez en la historia de ese partido, votara en contra del informe que presentará Raúl Castro, o presentara una moción para remover de sus cargos a todos los miembros del Buró Político, o, simplemente, al tomar el micrófono, frente a las cámaras de televisión, pronunciara estruendosamente una única palabra. Basta.
¿Dará alguien un portazo semejante en el sexto, y penúltimo, Congreso del Partido Comunista de Cuba? No será el profesor Esteban Morales, un hombre, hasta donde se sabe, inteligente y bien intencionado, pero cuyo análisis de los males de Cuba resulta fatalmente superficial. Quizás, en un raro momento de compasión, el feroz Machado Ventura decida perdonarlo, lo cual sin dudas celebraríamos. Otros podrían también solicitar clemencia al congreso por sus presuntos errores. En estos años, ha crecido la lista de antiguos líderes cubanos que han sido expulsados de sus cargos y del Partido sin oponer resistencia, exhibiendo una mansedumbre no vista desde que Nikolai Bukharin, en vísperas de ser ejecutado, escribió una nota a Stalin: “Koba, ¿por qué necesitas que yo muera?” Sería una gran sorpresa que el Congreso perdonara al pusilánime Carlos Lage, o al aborrecible Felipe Pérez, aunque no sería particularmente raro que esos ex poderosos solicitaran una revisión de sus condenas. Más sorprendente sería aún que alguien, por primera vez en la historia de ese partido, votara en contra del informe que presentará Raúl Castro, o presentara una moción para remover de sus cargos a todos los miembros del Buró Político, o, simplemente, al tomar el micrófono, frente a las cámaras de televisión, pronunciara estruendosamente una única palabra. Basta.

J, yo pienso exactamente lo contrario. El Congreso puede iniciar o acelerar procesos en todos los sentidos, y no precisamente en aquellos deseados por sus convocantes.
ResponderEliminarOjalá tengas razón, Boris. Ojalá el Congreso haga algo más que aprobar, sin examinar alternativas, el plan de "actualización económica" de Raúl. Ojalá se escuchen voces en defensa de los trabajadores cubanos, y se examinen propuestas más racionales, humanas y, se me enreda la lengua, progresistas, para revitalizar la economía cubana sin sacrificar a centenares de miles de personas. Me temo que no espero muchas brillantes o valientes ideas en el Congreso, pero me alegraría que las hubiera, muchas. ¿Has leído el análisis de Carmelo Mesa-Lago sobre la reforma económica (digamóslo en un susurro) cubana? Está en Espacio Laical: http://espaciolaical.org/ Tiene el título: "El desempleo en Cuba, de oculto a visible". No sorprendentemente, Mesa-Lago muestra más compasión por la suerte de los desempleados cubanos que el Ministro de Economía de Raúl Castro.
ResponderEliminarJ, qué bueno encontrar una respuesta tuya en los comentarios. Ahora el debate está completo.
ResponderEliminarSí, leí el artículo de Mesa-Lago y me golpeó comprobar, una vez más, que nuestros problemas económicos son más antiguos y complejos que lo reflejado por cualquier prensa, incluso por Reuters.
Yo no espero demasiado de los discursos del Congreso, sino de su significado, de lo que sucederá a partir de ese momento, y quizás no tanto en forma de decretos o normas administrativas, sino en la manera de proyectar el futuro de Cuba. Soy pesimista, lo confieso. Y por lo que he leído, no nos espera precisamente un paraíso para el proletariado.
Amigo siento mucha alegría de empezar a leer al más noble y claro de nuestro año universitario. Aún de he descodificado la primera palabra, y teme descubrir ante las verdades que por su propio peso se nos vienen encima.
ResponderEliminarJO... !qué gusto poder volver a leerte!!!!!!!!!
ResponderEliminar