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26 de noviembre de 2010

Semillas de Girasol

Lao She pasó el último día de su vida, 24 de agosto de 1966, sentado frente al lago Taiping, muy cerca de Deshengmen, la Puerta del Triunfo de la Virtud. Fue un miércoles. Beijing rugía, atónita, colérica. Lao podía escuchar, en la distancia, gritos, aullidos, discursos, pero ni un solo momento quitó la vista del agua oscura. Así, según parece, pasó muchas horas. Cuando se hizo de noche, sin hacer ningún último gesto memorable, Lao se arrojó al lago y se hundió rápidamente. Su cuerpo fue rescatado al día siguiente. Alguien tuvo el cuidado de colocar el cadáver mirando hacia occidente, y de cubrirlo con una pobre, casi deshecha, estera de juncos.

Un día antes, Lao She había sido secuestrado por un grupo de Guardias Rojos, que lo arrastraron, junto a otros famosos escritores y artistas, hasta el patio del Templo de Confucio. Los Guardias, unos chiquillos enloquecidos, habían acumulado en aquel sitio los vestuarios y decorados robados de los teatros de Beijing como parte de la campaña para destruir los “Cuatro Viejos”:   las Viejas Costumbres, la Vieja Cultura, los Viejos Hábitos y las Viejas Ideas.  Lao y sus compañeros de infortunio fueron obligados a arrodillarse y ver cómo los tesoros del teatro chino ardían en una pira devastadora. Sobre los hombros de Lao, y de otros escritores como Xiao Jun, Luo Binji y Duanmu Hongliang, fueron colocados cartelones con letreros al estilo de “elemento contrarrevolucionario” y “académico reaccionario”. Los Guardias Rojos raparon las cabezas de sus prisioneros y regaron tinta negra sobre ellas. Después, continuaron torturándolos durante horas.  Lao, que había cumplido ya sesenta y siete años, fue quemado con barras de hierro al rojo vivo, y golpeado por los chiquillos con las hebillas de sus cinturones. Inconsciente, Lao fue arrastrado hasta la Federación Literaria Municipal de Beijing, donde un grupo aún más grande de Guardias Rojos se había concentrado, coreando consignas ininteligibles. Una suerte de interrogatorio tuvo lugar: cada respuesta de Lao provocó nuevos estallidos de furia entre aquellos asesinos adolescentes.  El hombre que había sido llamado “artista del pueblo”, y “gran maestro de la lengua china”, el insigne autor de “El camello Xiangzi” y “El salón de té”, fue pateado y escupido, y obligado a cargar un cartelón con el absurdo letrero de “contrarrevolucionario activo”. Su esposa lo rescató, medio muerto, de una estación de policía, a donde los Guardias Rojos lo habían llevado, todavía golpeándolo. En casa, mientras su esposa trataba de limpiar sus heridas, Lao dijo quizás sus últimas palabras: “¡El pueblo me entiende! ¡El Partido y el Presidente Mao me entienden!  ¡Mao me entiende mejor que nadie!”. Aquel día, mientras los Guardias Rojos perseguían a supuestos derechistas y contrarrevolucionarios por Beijing, el Diario del Pueblo había publicado en primera página no uno, sino dos editoriales, con los títulos “Los Obreros, Campesinos y Soldados deben apoyar a los Estudiantes Revolucionarios” y “¡Muy bien hecho!” Cuando la Revolución Cultural terminó, con la muerte de Mao Zedong y el juicio a la infame Banda de los Cuatro, casi 35 mil personas, de acuerdo con cifras oficiales chinas, habían sido asesinadas o empujadas al suicidio.      
Los gritos de las víctimas de la Revolución Cultural maoísta, y los de sus verdugos, pueden ser escuchados, si se presta atención, en la Sala de la Turbina de Tate Modern, la opulenta galería de arte contemporáneo de Londres, que este otoño está ocupada por una de las más extraordinarias obras de arte que puedan verse en museo alguno del mundo. La pieza se llama, muy modestamente, “Semillas de Girasol”.  Su autor es el célebre Ai Weiwei, de quien los periódicos occidentales han hablado con frecuencia, y ostentosa admiración, en las últimas semanas. La causa de la súbita notoriedad de Ai no es tanto la singularidad de la pieza expuesta en Londres, o los abundantes méritos profesionales de este peculiar artista, sino la decisión de las autoridades chinas de demoler su estudio, recientemente construido en un distrito del norte de Shanghai. Ai ha protestado con mucho ardor contra la hipocresía de las autoridades de la ciudad, quienes, presuntamente, habrían invitado al artista a construir allí su estudio, solo para declararlo ilegal después de que las obras concluyeran, al costo, muy significativo en China, de más de un millón de dólares. Quizás los líderes chinos calcularon, craso error, que en pago por el permiso para construir un estudio en Shanghai, el locuaz y ubicuo Ai moderaría sus críticas al gobierno de Beijing, y abandonaría su campaña a favor de los derechos democráticos de sus conciudadanos. Pero en vez de callarse, en los últimos meses Ai se ha vuelto, si eso fuera posible, más rebelde. El artista ha demandado la liberación de Liu Xiaobo, premio Nobel de la Paz 2010, y se ha enfrentado a las autoridades por el cruel tratamiento dado a Feng Zhengu, un abogado y activista político, residente en Shanghai, que pasó tres meses en el aeropuerto de Narita, en Japón, esperando que le permitieran volver a su país. El año pasado, Ai fue golpeado por la policía cuando intentaba declarar en un tribunal a favor del activista Tan Zuoren, juzgado por investigar la muerte de miles de niños atrapados en escuelas pobremente construidas en Sichuán, durante el terremoto del 2008. Ai ganó fama mundial como uno de los diseñadores del Estadio Nacional de China, el llamado Nido de Pájaro, sede principal de los Juegos Olímpicos del 2008, pero luego se quejó del tono propagandístico dado al evento por sus organizadores, y se negó a asistir a su inauguración. Era de esperar que las autoridades de Shanghai se arrepintieran de haberle concedido permiso para construir su estudio, y que decidieran, puesto que este ya estaba terminado, demolerlo con ejemplarizante meticulosidad. Ai contraatacó. Organizó, para sus admiradores, una fiesta en la que serían servidos 10 mil cangrejos de río: tanto la cifra como los cangrejos eran un desafío a los mandamases de Beijing. “¡Que Mao viva 10 mil años!”, gritaban los Guardias Rojos durante la Revolución Cultural. La palabra china para cangrejo, he xie, es parecida a la de “armonía”, un concepto que los líderes comunistas chinos usan con casi culpable recurrencia, tanta, que los activistas han adoptado esa habitualmente inofensiva cursilería como sinónimo de censura. Algo censurado, se dice en China ahora, es algo que ha sido, más bien, “armonizado”. Los comisarios entendieron el insulto perfectamente, y Ai fue sometido a arresto domiciliario para impedirle asistir a su propia fiesta. Pero Ai, twitterer apasionado, se las arregló para comunicarse con sus devotos seguidores desde su casa de Beijing. La fiesta, le dijo a El País, “ha sido un gran éxito.  La gente no ha estado intimidada. A muchos, la policía secreta les había amenazado con que iban a perder sus trabajos si acudían. También a los estudiantes. Pero la gente se lo ha pasado muy bien”.  

La pieza exhibida en Tate representa adecuadamente el carácter y las ambiciones desmedidas de Ai Weiwei, que parece él mismo una obra de arte, una porcelana de la dinastía Ming. Mofletudo y barrigón, con barba de parsimonioso mandarín, Ai se parece más a China que Hu Jintao, emperador y CEO de la mayor corporación capitalista del planeta.  La pieza que ha realizado por encargo de los curadores de Tate es acaso tan descabellada como la fiesta de los diez mil cangrejos. “Semillas de Girasol” es una escultura formada por cien millones de pequeñas piezas de porcelana: vista desde el balcón de la Sala de la Turbina, parece, simplemente, gravilla, aunque muy fina, casi arena.  Pero de cerca se ve que cada una de esas presuntas semillas de girasol es ligeramente distinta de las otras noventa y nueve millones novecientas noventa y nueve mil novecientas noventa y nueve piezas: cada una ha sido esculpida y pintada, con mínimas pero inevitables variaciones, por artesanos de la ciudad de Jingdezhen, famosa por su producción de porcelana desde los tiempos de la dinastía Han, dos siglos antes de Cristo, y con la que Ai ha estado asociado en los últimos cinco años. La interpretación de la obra, ofrecida a los espectadores por Tate, y el propio Ai, es ambivalente: las semillas de girasol aluden, presuntamente, a la propaganda de la Revolución Cultural, a los carteles que aparecieron durante aquellos años en cada pulgada de China, mostrando a Mao como el sol, y al pueblo, obreros y campesinos, y los brutales Guardias Rojos, como girasoles creciendo en la dirección de la luz. Vista desde el balcón, la escultura de Ai Weiwei es fieramente similar a una multitud congregada en una plaza. Casi se pueden oír las consignas, los vítores, los cantos de guerra. Casi se puede sentir la presencia del líder, a quien no se puede ver con claridad desde tan lejos, pero cuya olímpica autoridad pesa abrumadoramente sobre las cabezas de todos estos diminutos mortales que gritan su nombre.  Uno escucha, si presta atención, los consejos, las profecías, las admoniciones del líder.  “¡Debemos tener fe en las masas, y debemos tener fe en el Partido!” La multitud asiente, con fervor. “¡Nunca antes las masas del pueblo han estado tan inspiradas, tan dispuestas, tan decididas como en el presente!”  La multitud aplaude vigorosamente.  “¡Es solo a través de la unidad del Partido Comunista que la unidad de la clase obrera y la unidad nacional pueden ser alcanzadas, y es solo gracias a esa unidad que el enemigo podrá ser derrotado!” La multitud grita su consentimiento, su absoluta fidelidad al líder, nadie duda. “¡Una revolución no es una fiesta, no es como escribir un ensayo, pintar un cuadro, o bordar un pañuelo! ¡Una revolución no puede ser tan refinada, tan pausada, tan gentil, tan moderada, tan cortés, tan magnánima!  ¡Una revolución es una insurrección, un acto de violencia por el cual una clase social derrota a otra!” La multitud se hincha, explota, cien millones de corazones dan su sangre a la revolución. “¡No importa que los reaccionarios traten de detener la rueda de la historia, nada podrá impedir que la revolución triunfe!”. La multitud avanza, se desborda fuera de la plaza, se riega por las calles de la ciudad, por los valles y las montañas, por los ríos y los desiertos, aplasta todo a su paso. Los espectadores de Tate se inclinan sobre la barrera de protección para ver los detalles de cada pequeña pieza de porcelana, las delicadas marcas de pincel que han dejado en cada una los esmerados artesanos de Jingdezhen, trabajando bajo la estricta supervisión de Ai Weiwei. Contradictoriamente, además de su asociación con el terror de la Revolución Cultural, las semillas de girasol tienen también para Ai un significado más gentil: en aquellos años de miseria y horror, la gente compartía esas humildes semillas, para aplacar el hambre, y también como gesto de compasión y galante solidaridad. El número de los que sobrevivieron gracias a esos heroicos, aunque históricamente imperceptibles actos de piedad, no figura en ningún documento oficial ni ha sido calculado por ningún investigador.
Ai Weiwei con las "Semillas de Girasol",
en Tate Modern, Londres 
Ai había imaginado que los espectadores de Tate caminarían sobre la porcelana, que se echarían a descansar sobre ella, que jugarían con las piezas, que las tomarían en sus manos como si fuera arena.  Así fue durante algunos días, hasta que las autoridades de la galería descubrieron que las piezas desprendían cierto polvillo que podía ser potencialmente perjudicial para la salud de los espectadores.  La escultura ha sido ahora separada del público por una barrera de seguridad que, sin embargo, no impide que algunos espectadores muy habilidosos se apoderen de una o dos piezas, un memento que esconden en sus bolsillos sin que los guardias de Tate se percaten. Los curadores de la exposición, o el mismo Ai Weiwei, han tenido la afortunada idea de invitar a los espectadores a hacer preguntas al artista: en unas cabinas de video, los espectadores más osados graban sus preguntas, terriblemente sencillas o profundas, modestas o pedantes, tediosas o agudas, la gran mayoría de ellas irrespondibles.  Las respuestas de Ai a una selección de esas preguntas aparecen, a los pocos días, puntualmente, en el sitio web de Tate.  Un señor muy atildado y elegante pregunta si la obra permanecerá en Londres o será mostrada en otros museos del mundo. “Ahora mismo no hay ningún plan definitivo”, responde Ai, “pero es probable que sea mostrada en otros lugares”.  “¿Qué se siente al ver a tanta gente apreciando la obra de arte que usted ha creado?”, pregunta una chica, no mayor de 10 años. Ai responde:  “Siempre aprendo de las opiniones de otras personas sobre mi arte, es muy reconfortante ver cómo la gente responde de distintas maneras”. Una muchacha de ojos muy claros:  “¿Cuál es la diferencia entre tener esta obra bajo techo, y tenerla al aire libre?” “Si hablamos de la visualidad, es muy grande la diferencia”, admite Ai. “Pero en cuanto al concepto, no hay diferencia alguna”. Otra pregunta: “¿Será la obra exhibida en China, en vida de su autor?”   “Oh”, suspira Ai, “es muy difícil responder esa pregunta.  Primero, nadie sabe cuánto va a durar la presente situación política en China”.  Otro suspiro. “En segundo lugar”,  Ai se encoge de hombros, “yo no sé cuánto más voy a vivir”.  Un chico muy serio, con vozarrón: “¿Usted se siente libre para crear en China?” Ai, sin morderse la lengua: “Todavía en China hay fuertes restricciones a la libertad de expresión. Pero uno busca la forma de trabajar en esas condiciones”. Un chico de espejuelos, chino, declara sentirse muy conmovido con la pieza, y pregunta qué piensa el artista de Liu Xiaobo, “uno de los cien millones de girasoles”. “En China”, Ai responde, “muchas, muchas personas son enviadas a prisión por tener distintas creencias u opiniones.  Ojalá el caso de Liu Xiaobo atraiga más atención sobre la violación de los derechos humanos en China, y ojalá la comunidad internacional presione a las autoridades chinas para dejarles claro que los derechos básicos de las personas deben ser protegidos”.  

Para hacer más clara esta demanda, Ai la repitió en un artículo publicado en The Guardian en vísperas del viaje a Beijing, hace dos semanas, del primer ministro británico, David Cameron. “Creo que Cameron debe pedir a los chinos que no 'desaparezcan' a las personas o las encarcelen simplemente por tener distintas opiniones. Ninguna nación puede sobrevivir y enfrentar los desafíos del futuro si no tiene gente con opiniones diversas. China debe tener una sociedad abierta para discutir distintos asuntos e ideologías”.  Mr Cameron, sin embargo, hizo toda suerte de piruetas diplomáticas para no ofender a sus anfitriones en Beijing, y si mencionó el tema de los derechos humanos o el de los presos políticos, lo hizo en un susurro. Por supuesto, Mr Cameron no ha visitado las “Semillas de Girasol” en Tate Modern ni, francamente, se espera que lo haga.  Otro visitante, aunque de inferior rango, que ha sido recibido en Beijing en estos días, también se abstuvo, muy comprensiblemente, de mencionar el tema escabroso de los derechos humanos. Ricardo Alarcón, el raquítico Presidente de la Asamblea Nacional de Cuba, fue a China a cumplir quién sabe qué menesteres. Estando allí, declaró: “Cuba está preparada para aprovechar la experiencia de desarrollo en reforma y apertura de China”. Más:  “Es fundamental para Cuba reforzar los lazos bilaterales con China”. Y todavía: “La amistad entre Cuba y China ha resistido los rápidos cambios globales e irradia vitalidad”.  Ay, si se callara.  


"Semillas de Girasol" estará abierta al público en Tate Modern, Londres, hasta el 2 de mayo del 2011. Los detalles de la muerte de Lao She aparecen en Turbulent Decade: the History of the Cultural Revolution, de Yan Jiaqi y Gao Gao. Las frases que aparecen en este artículo sin referencia específica corresponden a distintos discursos y artículos de prensa de Mao Zedong:  fueron tomadas del famoso Pequeño Libro Rojo, o más exactamente, Citas del Presidente Mao Zedong, la biblia de la Revolución Cultural.    

8 comentarios:

  1. El pueblo chino es extraordianrio. Fue capaz de superar el horror de la Revolución Cultural y el terror de los días de Tiananmen. Con su trabajo ha convertido en tres décadas al país en una potencia económica. Las historias del sacrificio vivido en todos estos años, y en aquellos anteriores, serán publicadas en invisibles novelas de culto, fugaces reportajes, pero quizás nunca aparecerán en el Libro de la Historia.

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  2. el pueblo chino es extraordinario. el partido comunista chino todo lo contrario.
    http://www.youtube.com/watch?v=hu6OCMoexEc&feature=relatedd

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  3. El éxito económico de China es indiscutible. China se ha convertido en la segunda economía mundial, y los líderes occidentales, sin excepción, han ido a Beijing a pedir limosna. Pero el costo social, político y ambiental de ese "milagro" es aún largamente desconocido. En su artículo en The Guardian, Ai Weiwei escribe:

    "Vemos la tendencia (...) a decir que los países autoritarios son más eficientes. Esta es una gran equivocación. China parece eficiente solo porque puede sacrificar los derechos de la mayoría de su población. Eso no es algo que debiera hacer feliz a Occidente. En un pueblo como Guangzhou hay miles de trabajadores que sufren heridas graves, como perder dedos, en accidentes de trabajo. Ellos tienen muy bajos salarios. No tienen ningún futuro".

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  4. China es un país asombroso, hermoso y contradictorio. Sobre ella no se ha escrito todo.

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  5. JO: Te vendría bien darte una vueltecita por China, a ver si tu indiscutible talento te permite escribir sobre ese país por ti mismo y no con el tufillo britanoide que tiene este post...

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  6. Me encantaría ir a China, espero hacerlo en los próximos años. Del tufillo no hay que culpar a los británicos.

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  7. Sería muy bueno que lo hicieras pronto, pues con los matices correspondientes, este post es muy similar a varios artículos que he leído sobre el tema en periódicos y revistas británicas. Repite demasiados lugares comunes y frases hechas y muestra un profundo desconocimiento de la historia y la realidad china. Por cierto, Lao She fue rehabilitado después del fin de la Revolución Cultural, como muchos de los escritores caídos en desgracia en esa época oscura. Es difícil encontrar a un joven chino que no conozca su obra.

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  8. Afortunadamente no son solo los diarios británicos los que ofrecen una cara poco feliz de China: http://www.ipsnoticias.net/nota.asp?idnews=97122

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