Wikileaks nos ha defraudado. Muy poco de lo que hemos sabido esta semana gracias a los documentos filtrados a la prensa internacional por Julian Assange y sus hackers nos ha sorprendido verdaderamente. ¿Que Corea del Norte está cada vez más aislada, y hasta China busca deshacerse del funesto Kim Jong-Il? ¿Que los líderes árabes temen tanto como Estados Unidos a un Irán nuclear? ¿Que Silvio Berlusconi es débil y vanidoso, Nicolás Sarkozy susceptible y autoritario, y Angela Merkel poco creativa? ¿Que los espías cubanos andan por la libre en Venezuela? Bah.
Ninguna de estas murmuraciones diplomáticas tiene el interés de los reportes sobre las guerras de Iraq y Afganistán que Wikileaks ofreció a la opinión pública en meses anteriores. En aquellas, se mostraba la terrible impotencia de los ejércitos norteamericanos en Asia y la brutalidad de la guerra interminable en las calles de Bagdad y en los vastos campos de amapolas de Afganistán. En los documentos publicados ahora solo se confirma, si acaso, que los diplomáticos norteamericanos tienen excelentes fuentes de información y cumplen cabalmente las tareas encomendadas por el Departamento de Estado. La Embajada norteamericana en Berlín reclutó como informante al jefe de despacho del vicecanciller federal, Guido Westerwelle. La de Buenos Aires, al ex jefe de gabinete de Cristina Kirchner. La Embajada de Londres pronosticó correctamente la derrota electoral de Gordon Brown un año antes de que ocurriera, gracias en parte a conversaciones privadas de los diplomáticos norteamericanos con funcionarios muy cercanos al primer ministro. Un alto funcionario chino confió al subsecretario de Estado James B. Steinberg que a pesar de los visibles efectos del infarto sufrido en 2008, Kim Jong-Il estaba claramente lúcido, y seguía siendo “un excelente bebedor”. Durante los días agitados del golpe de Estado contra Manuel Zelaya, la Embajada norteamericana en Tegucigalpa condujo con serenidad encomiable un minucioso ejercicio académico para determinar si la Constitución hondureña había sido violada por el propio Presidente de la nación o por el Congreso rebelde. Los diplomáticos consultaron expertos y testigos de ambas partes, y llegaron diligentemente a la misma conclusión que casi todo el mundo, que la destitución y el destierro del pintoresco Zelaya habían sido ilegales. Estas presuntas revelaciones han causado embarazo a presidentes, primeros ministros y cancilleres, y ya les han costado sus puestos a algunos de los chismosos, como al asesor de Westerwelle. Pero nada fundamental ha aprendido el público, solo, quizás, que Estados Unidos mira el mundo con aún más desconfianza y alarma de la que aparenta, y que la diplomacia internacional conduce operaciones de una mendacidad e hipocresía sin límites.
Las consecuencias de estas revelaciones han sido posiblemente exageradas por los comentaristas, aunque es de presumir que a partir de ahora el Departamento de Estado será más cuidadoso con sus documentos confidenciales. Es difícil de imaginar que, frente al acoso de una nueva generación de hackers y whistleblowers, periodistas investigativos y activistas de la libertad de información, todavía un ministro de exteriores de nuestra época pueda hacer lo mismo que Vyacheslav Molotov, canciller de Stalin entre 1939 y 1941, que murió cuarenta años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, negando rotundamente que el infame tratado de no agresión de 1939 entre Alemania y la Unión Soviética contuviera cláusulas secretas que disponían la ocupación rusa de Finlandia, Lituania, Estonia y Besarabia, y la repartición de la infortunada Polonia. Molotov, que firmó el pacto que pasaría a la historia con su nombre y el del Ministro de Exteriores nazi, Joachim von Ribbentrop, negó hasta su último día la autenticidad de la única copia conocida de los protocolos secretos, un microfilme encontrado al final de la guerra en el Ministerio de Exteriores alemán. Tres años después de su muerte, en 1989, la Unión Soviética admitió al fin la existencia de los protocolos secretos, y denunció el pacto, obra maestra de realpolitik, ejemplo insuperable de feroz pragmatismo y venalidad, que los partidos de la Tercera Internacional Comunista fueron obligados a defender en contra de toda lógica y decencia. ¿Sería acaso posible que un gobierno de nuestra época escondiera de la opinión pública mundial un documento tan comprometedor como el negociado por los lugartenientes de Hitler y Stalin? ¿Qué secretos, tan graves como los protocolos Molotov-Ribbentrop, guardados en las bóvedas del Departamento de Estado o del Foreign Office, han escapado de los hackers de Wikileaks? ¿Quizás la prueba de que Estados Unidos supo de los planes de Saddam Hussein para invadir Kuwait con muchos meses de antelación, y no hizo nada para evitarlo? ¿A lo mejor la evidencia contundente de que George Bush nunca creyó que Saddam tuviera armas de destrucción masiva? ¿La prueba de que la crisis financiera del 2008 fue artificialmente provocada o acelerada para forzar la recapitalización del sistema bancario mundial y el desmantelamiento de los Estados de bienestar en Occidente? Bah.
Las consecuencias de estas revelaciones han sido posiblemente exageradas por los comentaristas, aunque es de presumir que a partir de ahora el Departamento de Estado será más cuidadoso con sus documentos confidenciales. Es difícil de imaginar que, frente al acoso de una nueva generación de hackers y whistleblowers, periodistas investigativos y activistas de la libertad de información, todavía un ministro de exteriores de nuestra época pueda hacer lo mismo que Vyacheslav Molotov, canciller de Stalin entre 1939 y 1941, que murió cuarenta años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, negando rotundamente que el infame tratado de no agresión de 1939 entre Alemania y la Unión Soviética contuviera cláusulas secretas que disponían la ocupación rusa de Finlandia, Lituania, Estonia y Besarabia, y la repartición de la infortunada Polonia. Molotov, que firmó el pacto que pasaría a la historia con su nombre y el del Ministro de Exteriores nazi, Joachim von Ribbentrop, negó hasta su último día la autenticidad de la única copia conocida de los protocolos secretos, un microfilme encontrado al final de la guerra en el Ministerio de Exteriores alemán. Tres años después de su muerte, en 1989, la Unión Soviética admitió al fin la existencia de los protocolos secretos, y denunció el pacto, obra maestra de realpolitik, ejemplo insuperable de feroz pragmatismo y venalidad, que los partidos de la Tercera Internacional Comunista fueron obligados a defender en contra de toda lógica y decencia. ¿Sería acaso posible que un gobierno de nuestra época escondiera de la opinión pública mundial un documento tan comprometedor como el negociado por los lugartenientes de Hitler y Stalin? ¿Qué secretos, tan graves como los protocolos Molotov-Ribbentrop, guardados en las bóvedas del Departamento de Estado o del Foreign Office, han escapado de los hackers de Wikileaks? ¿Quizás la prueba de que Estados Unidos supo de los planes de Saddam Hussein para invadir Kuwait con muchos meses de antelación, y no hizo nada para evitarlo? ¿A lo mejor la evidencia contundente de que George Bush nunca creyó que Saddam tuviera armas de destrucción masiva? ¿La prueba de que la crisis financiera del 2008 fue artificialmente provocada o acelerada para forzar la recapitalización del sistema bancario mundial y el desmantelamiento de los Estados de bienestar en Occidente? Bah.
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| Julian Assange, editor jefe de Wikileaks |
Entre los pequeños secretos que Wikileaks sí ha logrado probar, hay uno que no es secreto más que para los cubanos, el reducidísimo papel que el gobierno de La Habana tiene en la política internacional. En Cuba debe haber causado una cruel desilusión la evidencia de que a los norteamericanos, francamente, no les interesa demasiado lo que pasa allí, y que más les inquietan los 40 mil cubanos que andan dando tumbos por Venezuela, que los 11 millones que permanecen, algunos a regañadientes, en la isla. Hasta este momento, Cuba ha figurado en muy pocos de los documentos filtrados por Wikileaks, y en roles relativamente secundarios. Los norteamericanos, al parecer, están preocupados por las actividades del espionaje cubano en Venezuela y su desmedida influencia en las decisiones de Hugo Chávez. También han notado la presencia de miembros de ETA y de las guerrillas colombianas en la isla. No es, francamente, mucho, para un país que solía presumir de su protagonismo mundial. No hace tanto, en septiembre pasado, Fidel Castro llegó a decir que le había correspondido a Cuba, o lo que es lo mismo, a él, “la dura tarea de advertir a la humanidad del peligro real que está confrontando”, a saber, el inminente estallido de una guerra nuclear entre Irán y los Estados Unidos. Fidel dijo que él, o sea, Cuba, se había visto “obligada a cargar el peso de la lucha contra aquellos que han globalizado y sometido el mundo a un inconcebible saqueo, y le han impuesto un sistema que hoy amenaza la propia supervivencia de la humanidad”. Desdichadamente, ya no el Presidente Obama o la Secretaria Clinton, ni siquiera el Ministro de Exteriores de Irán ha prestado demasiada atención a las advertencias de Cuba, que en su opinión, “no tienen base”. Manucher Motaki dijo, contradiciendo a Fidel, que no veía “ninguna oportunidad” de que estallara una guerra en el Medio Oriente entre Estados Unidos, Israel e Irán, y que los rumores de un conflicto inminente eran solo “maniobras políticas”. A pesar de estos continuos desplantes, el gobierno cubano sigue creyendo que su perfil internacional es tan alto como en la época en que Fidel Castro armaba guerrillas en América Latina, despachaba ejércitos enteros hacia Etiopía y Angola, y cenaba en Moscú con Nicolae Ceaucescu, Gustav Husak y Erich Honecker. Pero los líderes cubanos se engañan, Cuba ha sido abandonada a su suerte, relegada al papel de exótica, aunque ocasionalmente molesta, reliquia de la Guerra Fría.
La frágil posición de Cuba en la política mundial ha sido confirmada, elocuentemente, por la decisión de La Habana de votar a favor de una enmienda para excluir una mención a la orientación sexual de una resolución del paniaguado Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas contra las ejecuciones extrajudiciales. Durante los diez años anteriores, esta resolución, una rutina diplomática, había sido aprobada con la referencia a la orientación sexual. La enmienda, presentada por Benín, fue aprobada por 79 votos a favor, 70 en contra y 17 abstenciones, números que reflejan una casi perfecta división de la comunidad internacional en este particular tema. Cuba, muy apropiadamente, se alineó con los países menos democráticos del mundo. Entre los países que votaron a favor de la enmienda, solo once ocuparon lugares en la mitad superior de la tabla del Índice Democrático compilado por la revista The Economist en el 2008. De los 20 países que ocuparon los últimos puestos en la lista de la prestigiosa revista británica, 13 votaron a favor de la enmienda de Benín, incluyendo a Corea del Norte, que fue considerada el país menos democrático entre los 167 analizados por The Economist. Los otros siete países no participaron en la votación. Cuba misma ocupó el puesto 125 en esa lista de hace dos años, por detrás de 37 de los países que votaron por la enmienda. The Economist consideró que la isla era un país menos democrático que Namibia, nación independiente solo desde hace veinte años, el propio Benín, ubicado en el lugar 80, e incluso Rusia, el vasto feudo personal de Vladimir Putin. También fue considerada menos democrática que Uganda, lugar 101, un país cuyo parlamento está cerca de aprobar una ley que castigaría la homosexualidad, ya no los actos homosexuales sino la simple orientación homosexual, con la muerte. Pero Cuba logró ser ubicada en un puesto más alto que Irán, 145, un país donde no hay homosexuales, el único quizás del mundo, de acuerdo con Mahmud Ahmadineyad. Ninguno de los países que votaron a favor de la enmienda fue calificado hace dos años por The Economist como “democracia plena”, un título que entre las naciones africanas solo obtuvo Mauricio, entre las latinoamericanas Uruguay y Costa Rica, y entre las asiáticas Corea del Sur y Japón. Cuatro de estos cinco países votaron contra la enmienda de Benín: Mauricio se abstuvo. Diez de los países que votaron a favor fueron considerados “democracias imperfectas” por los analistas de The Economist: veinte fueron calificados como regímenes “híbridos”, un título desconcertante, y el resto, entre ellos Cuba, fueron clasificados como autoritarios, simple y llanamente.
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| Manifestación en Kampala, Uganda, a favor de una ley que impondría penas muy severas, incluyendo la muerte, a todas las personas homosexuales. |
“Hitler conoce su negocio”, murmuró Stalin cuando Joachim von Ribbentrop le informó que el Fuhrer había dado su consentimiento al pacto secreto entre Alemania y la Unión Soviética. Los activistas cubanos que muy valientemente protestaron por el voto de La Habana en la Comisión de Derechos Humanos, entre ellos Francisco Rodríguez, Paquito el de Cuba, amigo de Juan Sin Nada, debían saber ya que el gobierno de la isla no ha cometido una equivocación, no ha actuado ligeramente, sino con plena conciencia del crimen que estaba cometiendo, y del agravio que estaba causando a centenares de miles de homosexuales cubanos, y a todas las personas honradas, gays o no. Cuba votó por la enmienda de Benín, porque Benín, y sus secuaces, votan habitualmente por Cuba. El gobierno cubano ha actuado con el mismo frío pragmatismo con que Stalin sacrificó la soberanía de cinco naciones en el pacto Ribbentrop-Molotov, o con el que Fidel Castro, aún reconociendo la violación de la soberanía checoslovaca, dio su apoyo a la invasión soviética de 1968, y más tarde, siendo Presidente del ahora casi extinto Movimiento No Alineado, justificó otra invasión soviética, la de Afganistán en 1979. Cuba ha sido muy generosa con países aún menos afortunados que ella, Nicaragua, Granada, Haití y cien más. En Naciones Unidas, los delegados cubanos han defendido ardientemente los derechos de palestinos, saharauíes, puertorriqueños, los negros de Sudáfrica en los tiempos del apartheid. Pero rutinariamente, los líderes cubanos han sacrificado los derechos de sus propios ciudadanos, y, cuando ha sido necesario, los de otras naciones, ante el altar del único dios en el que devotamente creen, el de su propia, obstinada supervivencia. Ese es, quizás, el más importante de los secretos de Cuba. Pero es un secreto a voces, tantos lo saben que no hace falta, francamente, que ningún hacker de Wikileaks se cuele en los archivos de la cancillería de La Habana para averiguarlo.


Como siempre, es un inmenso placer leerle.
ResponderEliminar¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡EXCELENTE!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
ResponderEliminarExcelente... y espeluznante...
ResponderEliminarEn la diplomacia, aún la de "proletarios del mundo", vale más el pragmatismo que los ideales, supuestos o reales. Todos los gobiernos, desde la época de los reyes, defienden sus decisiones como lo mejor para "el pueblo", y no para la elite que representan.
ResponderEliminarWikileaks nos ha revelado que el protocolo es la mayor de las farsas: las relaciones internacionales se tejen con las mismas maneras y lenguajes que los negocios entre pandillas de barrio.
Afortunadamente, la confianza ciega en las buenas intenciones de nuestros representantes va quedando en el pasado... de manera casi imperceptible, pero definitiva.
El analisis mas lucido que he leido sobre el cablegate... y eso que no lo pude terminar porque estoy en la oficina! Pero lo termino despues SIIII SEÑORRR!
ResponderEliminarLa Caja de Pandora que destapo el Julian va a resonar largo y tendido, pero Jesus en su libro lo habia dicho mas claro: "quien este libre de pecado...."
ResponderEliminarComo bien dijo Boris, aqui salio la libreta de apuntes de una de las pandillas...que esta bastante cabrona porque se la robaran por cierto...lo cual no quiere decir que las demas no las tengan...
Hoy han salido nuevas revelaciones sobre Cuba en Wikileaks. Al cabo de más de tres años nos enteramos cuáles eran las "ilusiones" que Europa, Estados Unidos y Japón (?!) se hacían con los Dioses Rotos.
ResponderEliminarPor otra parte, los americanos tienen muy claro que después de la muerte natural de Fidel Castro en Cuba no sucederá nada, al menos inmediatamente.
Juan O., genial articulo.
ResponderEliminarQue gusanito eres, como te puedes soportar a ti mismo? haciendo referencias al Pais, un diario derechista, golpista.
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