En marzo de 1948, Tennessee Williams celebró su treinta y cuatro cumpleaños en compañía de su amigo Gore Vidal, entonces un apuesto mozalbete de solo veintidós. Los dos escritores estaban en Roma, que es como decir, en la cima del mundo.
Un Tranvía llamado Deseo había sido estrenado ese invierno en Broadway, con Marlon Brando como Kowalsky y la sublime Jessica Tandy como Blanche DuBois. The New York Times declaró, en la noche del estreno, que Un Tranvía… “debía ser uno de los más perfectos matrimonios de escritura dramática y actuación” y que Williams era un dramaturgo “genuinamente poético”, cuyo conocimiento de los seres humanos era “honesto y meticuloso”. Un Tranvía… iba en camino de ganar el premio Pulitzer de Drama de 1948, y de ser transformado en leyenda por Hollywood. Vidal, por su parte, había publicado La Ciudad y el Pilar de Sal, que el Times había calificado de “aburrida” y “estéril”. Ambos hombres estaban radiantes de felicidad.
En realidad, Williams no cumplía 34 en 1948, sino 37. Cuando le preguntaron, años más tarde, por qué había cambiado su edad, habiendo evidencia suficiente de que su nacimiento había ocurrido en 1911 y no en 1914, Williams replicaría: “He decidido no contar como parte de mi vida los tres años que pasé trabajando para una compañía de zapatos”. Gore Vidal aclararía, en un amoroso ensayo escrito tras la muerte de su antiguo amigo en 1983, que el cambio de edad había tenido un motivo más práctico: una vez, Williams se había quitado tres años para poder competir en un concurso de teatro abierto solo a autores menores de 25, y nunca después quiso rectificar el engaño. “No importa. A mí me parecía de todas maneras un hombre muy viejo en 1948”, ha dicho Vidal. A pesar del éxito de Un Tranvía…, que había seguido al de Zoológico de Cristal, tres años antes, Williams se mostró aquella noche de Roma cauteloso con respecto al futuro. “Baby”, le dijo a Vidal, “la carrera del escritor de teatro es muy corta. Siempre hay alguien nuevo queriendo ocupar tu lugar”. “Yo le dije que no creía que eso ocurriría en su caso", escribiría Vidal, “y todavía no lo creo. Sus mejores obras son tan permanentes como algo lo puede ser en la época del Kleenex”.
La profecía de Vidal ha sido ampliamente probada. Rara vez la cartelera de Nueva York, de Londres, o de las otras capitales del teatro, no incluye una nueva producción de alguno de los clásicos de Williams. Este año, Rachel Weisz ha ganado el premio Laurence Olivier, el equivalente británico de los Tony, por su Blanche DuBois en la versión del Donmar Warehouse de Un Tranvía… Un reparto formado exclusivamente por actores negros, liderado por James Earl Jones, arrasó en Broadway y en el West End londinense el año pasado con una producción de La Gata en el Tejado de Zinc Caliente. Se dice que Nicole Kidman y el ubicuo James Franco van a protagonizar en Broadway una nueva versión de Dulce Pájaro de Juventud, que será sin dudas una producción muy popular aunque estos dos vibrantes, esmerados actores no tengan, seamos honestos, ninguna oportunidad de igualar a los protagonistas originales, Geraldine Page y Paul Newman, ni el nuevo director, David Cromer, pueda acercarse al maestro Elia Kazán. En el Young Vic de Londres, mientras tanto, continúan las presentaciones de Zoológico de Cristal, quizás la más conmovedora y sincera de las piezas escritas por Williams, y la primera, cronológicamente, de sus obras más memorables. Ha sido tal el éxito de esta producción, calificada de “emocionalmente devastadora” por The Independent, y “profundamente sentida” por The Daily Telegraph, que la temporada, que debía terminar el 1 de enero, ha sido extendida dos semanas. Las funciones todavía tienen lugar a sala llena. Williams estaría orgulloso de este éxito, que lo confirma como el dramaturgo norteamericano más estimado por la crítica y los espectadores desde Eugene O’Neill. No le sorprendería haber sido colocado en ese lugar por la posteridad. Cierta vez, en una recepción en la Casa Blanca con John y Jackie Kennedy, los huéspedes, gentes del teatro, fueron colocados por orden alfabético, para ser presentados al invitado de honor, André Malraux. Thornton Wilder, el gran dramaturgo y novelista, ganador de tres premios Pulitzer, exclamó: “Mr Williams, usted está fuera de lugar. Usted va detrás de mí”. A lo que el interpelado replicó: “Solo en el alfabeto”.
En sus elocuentes, pero no necesariamente verídicas memorias, Tennessee Williams contaría que Zoológico de Cristal terminó de ser escrita en el dormitorio de la escuela de leyes de Harvard, en “las habitaciones de un chico salvaje” que el escritor había conocido en Princeton en el verano de 1944. El chico “decía ser heterosexual”, pero una noche Williams se lo llevó a la cama. “Se acababa el verano y yo no había terminado el último borrador de Zoológico, y no estaba listo para regresar a Manhattan”. El amante de Williams, Bill, era “un hermoso chico desgarbado, con pelo negro, ojos brillantes, y tartamudo”. En Harvard, Bill tenía un grupo de amigos al que Williams frecuentó durante aquel verano. “Estaban todos chiflados, en distintos grados. Uno de ellos se había cortado las venas unos días antes, y ese intento de suicidio lo había convertido en una celebridad dentro del grupo –recuerdo su tímido orgullo cuando exhibía las cicatrices en sus muñecas”. Bill, por su parte, era un laborioso voyeur. “Tenía un mapa de Cambridge con cruces marcadas en los lugares donde había ventanas por las que podía verse algún espectáculo excitante. Sus rondas comenzaban a medianoche, y seguían el itinerario claramente marcado en el mapa -regresaba a las 2 de la mañana con reportes de las escenas que había presenciado a través de esas afortunadas ventanas”. En aquel verano, las tropas norteamericanas estaban arrebatando Francia a los nazis, palmo a palmo, pero Williams había sido eximido del servicio militar por sus problemas psiquiátricos, por homosexual, por alcohólico, y por sus múltiples enfermedades, reales y ficticias. Zoológico de Cristal se titulaba en aquellos días Un Caballero Llama, después de haber sido, brevemente, El violinista en las alas. La pieza estaba siendo compuesta a partir de un cuento del año anterior, Retrato de una chica de cristal, y de una vasta colección de recuerdos familiares del escritor. La chica de cristal en cuestión, y el desolador personaje de Laura Wingfield en Zoológico, es, creen todos los historiadores del teatro, su hermana Rose, una infeliz criatura enferma de esquizofrenia desde muy joven, víctima de una lobotomía autorizada por sus propios padres, que creyeron que podrían curarla. El personaje de Amanda Wingfield, interpretado por primera vez en Chicago y en Broadway por Laurette Taylor, es habitualmente considerado un retrato de la madre del autor. Edwina Williams, “delicada sobreviviente de la mayoría de los elementos de la vida”, visitó a Taylor en su camerino después de la primera función de Zoológico en Chicago. La actriz le preguntó, desfachatadamente: “Bueno, Mrs Williams, ¿le ha gustado cómo la he interpretado?” El personaje de Tom es el propio autor, cuyo nombre verdadero no era el extravagante Tennessee, sino el indecentemente ordinario Thomas Lanier. Tom, personaje y narrador, declara, en un famoso, breve soliloquio en el inicio de la obra, que ofrecerá a los espectadores, “no la ilusión que tiene la apariencia de la verdad”, sino “la verdad en el agradable disfraz de la ilusión”: desde entonces, los historiadores del teatro se han afanado buscando las semejanzas entre los Williams y los patéticos Wingfield. En septiembre de 1944, Williams estaba de vuelta en Nueva York y Zoológico de Cristal había adquirido su título definitivo. Le había escrito a Bill: “Baby, eres un tonto si continúas en esa maldita escuela de leyes que odias tanto. Mándalo todo al diablo y vete de allí. El mundo es un brillante lugar para vivir (…) Tú atormentas tu alma por gusto. Sé que es divertido hacer de Hamlet, pero llega a convertirse en un hábito debilitante con el que tarde o temprano tienes que romper. ¡Hazlo ya! No te caigas, no te rindas -no con tu cerebro, tu encanto, tu belleza. ¡El mundo es tu ostra, así que échale un poco de salsa, y trágatelo de un tirón!” Era aquel probablemente un mensaje para sí mismo, en anticipación del éxito que le aguardaba. En Broadway, en el estreno de Zoológico, los actores recibieron una interminable, exultante ovación. Williams, sentado en la platea, fue llamado a escena. Pero, “me sentí avergonzado; no creo que me embargara ninguna sensación de triunfo. Creo que escribir es la continua persecución de una cualidad elusiva, que nunca llegas a alcanzar”.
La producción del Young Vic de Londres, dirigida por Joe Hill-Gibbins es eficiente, devota del texto original, y hondamente conmovedora. Los nombres en el reparto no son demasiado conocidos: es el de Tennessee Williams el que atrae a los espectadores, o quizás el recuerdo de los grandes actores que han interpretado esos personajes a lo largo del tiempo. Para Deborah Findlay, que interpreta a la madre, la exorbitante Amanda Wingfield, debe ser terriblemente pesada la comparación con sus antecesoras en el rol, entre ellas Maurine Stappleton, Jessica Tandy, la gran Helen Hayes, que estrenó la obra en Londres en 1948, y por supuesto, Laurette Taylor, quien, recordaría Williams en sus memorias, “ofreció una actuación increíblemente luminosa, electrizante”, en el estreno de Chicago, y en el de Broadway. Taylor, por su actuación en Zoológico, el último rol de su carrera, sería comparada con Eleonora Duse, el más alto elogio que puede recibir un actor de cualquier lengua. Nada podría hacer Findlay contra la persistencia de semejante leyenda, pero nada tampoco podría reprocharse a su actuación como la madre sobreprotectora y desesperada, que ahoga con su propia frustración a sus dos hijos, la desdichada Laura, una muñeca rota, y Tom, que escribe poemas, trabaja en un almacén para alimentar a sus mujeres, y escapa todas las noches de casa “para ir al cine”. A Tom, que no tiene amigos, lo llaman Shakespeare, sádicamente, en el almacén. Laura, coja, tímida, espantada del mundo, pasa días enteros dedicada a su colección de animales de cristal, su frágil zoológico de diminutas bestias inofensivas. La matrona, Amanda, una de esas fantásticas damas trágicas del Sur norteamericano, abandonada por su esposo, sueña con la llegada de un caballero que corteje a Laura y los salve a todos, si no de la pobreza, al menos de la locura. Un día, en efecto, Tom trae a casa a un caballero, que no lo es tal, sino apenas Jim O’Connor, un compañero del almacén, un apuesto y ambicioso don nadie, que fue antes héroe y campeón de todos los deportes en la misma escuela a la que fueron los hermanos Wingfield. La escena central en Zoológico de Cristal es el largo dúo de amor, inopinado, equivocado, fugaz, desolador, entre Laura y Jim, el cortejo de dos pájaros moribundos, la muchacha triste que súbitamente es arrebatada por la esperanza de la felicidad, y un pequeño hombre aferrado a un optimismo desatinado, a los últimos jirones de sus ilusiones de juventud. En el Young Vic, Sinéad Matthews y Kyle Soller interpretan a Laura y Jim. Matthews ha sido un descubrimiento de Mike Leigh, el célebre director, que la vio en la escuela, en la Royal Academy of Dramatic Arts, y le ofreció sus primeros papeles en el cine, unas minucias en Vera Drake y Happy-Go-Lucky. Soller es otro graduado de RADA, tan fresco que no tiene siquiera página de Wikipedia o de IMDb, pero ha estado ya coleccionando superlativos en producciones menores por toda Inglaterra, incluyendo una muy reciente de El Talentoso Mr Ripley. Ambos actores merecen aplausos aún más prolongados de los que reciben al final de la función, que no son poco generosos. Laura y Jim, Matthews y Soller, recorren apresuradamente, pero sin perder un detalle, todas las estaciones del amor, la edénica inocencia del inicio, el descubrimiento de una remota posibilidad de asociación, los golpes del deseo, la danza de las aproximaciones, las dudas cruelísimas, los primeros errores, prematuras derrotas y retiradas, la certeza del triunfo, el súbito, inspirado asalto decisivo, el éxtasis, siempre tan breve, y la rápida, dolorosa corrección de los excesos. El desamor, la soledad incurable, la muerte. Al final, hay una pieza de cristal que se rompe en el pecho de ambos, del hombre y de la mujer. “No es una tragedia”, dice Laura, la voz en agonía. “El cristal se rompe tan fácilmente. No importa qué cuidadoso seas”. “De todas maneras”, replica Jim, “lamento mucho haber sido la causa”. Tom, interpretado por Leo Bill en un delirio de borracho, de loco o de poeta mudo, escapa finalmente, abandona a su madre y a su hermana, sigue al pie de la letra el consejo que Tennessee Williams le dio a Bill, el de Harvard. “¡Mándalo todo al diablo y vete de allí!” Pero no encuentra sosiego en su exilio. “A veces estoy caminando de noche por una calle, en alguna ciudad extraña, sin haber todavía encontrado un acompañante. Paso por la vidriera iluminada de una tienda de perfumes. La vidriera está llena de pequeñas piezas de cristal, diminutos frascos de colores delicados, como los fragmentos de un arcoíris roto. De repente, mi hermana toca mi hombro, me vuelvo y miro sus ojos. Oh, Laura, Laura…!”
Muchos espectadores de La Habana recuerdan, muy vivamente, la producción de Zoológico de Cristal que una compañía recién creada, El Público, estrenó en el Teatro Nacional de Cuba, en el verano de 1990. Aquel fue un acontecimiento de prolongadas consecuencias, y no solo para el teatro cubano. Zoológico fue parte de una sonada trilogía de obras norteamericanas, que incluía, además, Un Tranvía llamado Deseo, y Té y Simpatía, de Robert Anderson, tres poemas luctuosos sobre la soledad, la intolerancia, la muerte y las desilusiones de amor. Que tantos espectadores habaneros recuerden todavía, veinte años y tantos estrenos después, aquellas tres producciones inaugurales de El Público, justifica la fama de Tennessee Williams, y la reputación de Carlos Díaz, el director de aquellas piezas, y de muchos otros escándalos de las dos décadas siguientes, La Niñita Querida, El Público, Calígula, La Celestina. A los espectadores que fueron al Teatro Nacional en aquel verano de oscuros presagios (el Muro había caído, los mapas, cantaba Carlos Varela, estaban cambiando de color) difícilmente se les olvide la escena en que Jorge Perugorría y María Elena Diardes ejecutaron, exageradamente, rompiendo con alevosía toda pretensión de naturalidad, la danza de amor de Jim y Laura. Cuando Perugorría y Diardes se desnudaron en el borde del escenario (no el primero ni el último de los desnudos rituales de aquella época, no la primera ni la última de aquellas sucesivas ceremonias de clausura y resurrección, La Cuarta Pared, Parece Blanca, Otra Tempestad, El Pez de la Torre Nada en el Asfalto) los espectadores, muchos de los cuales no habían ido jamás a una representación de teatro, tuvieron la poderosa impresión, luego confirmada por la política y la economía, de que una época de Cuba había terminado, y estaba a punto de empezar un largo, nadie sabía cuán largo, ciclo crepuscular. Los espectadores del Nacional oyeron, azorados: “¡Mándalo todo al diablo y vete de allí! ¡No te caigas! ¡No te rindas! ¡El mundo es tu ostra!” A Tennessee Williams le habría gustado aquel Zoológico de El Público, y también este otro, tan distinto, del Young Vic de Londres. “Mi objetivo”, escribió Williams en sus memorias, “es capturar de algún modo la cualidad evanescente de la existencia. Cuando hago eso, siento que he logrado algo, pero lo he hecho, creo, relativamente pocas veces, teniendo en cuenta las veces que lo he intentado”. Podemos, enfáticamente, discrepar.
Un Tranvía llamado Deseo había sido estrenado ese invierno en Broadway, con Marlon Brando como Kowalsky y la sublime Jessica Tandy como Blanche DuBois. The New York Times declaró, en la noche del estreno, que Un Tranvía… “debía ser uno de los más perfectos matrimonios de escritura dramática y actuación” y que Williams era un dramaturgo “genuinamente poético”, cuyo conocimiento de los seres humanos era “honesto y meticuloso”. Un Tranvía… iba en camino de ganar el premio Pulitzer de Drama de 1948, y de ser transformado en leyenda por Hollywood. Vidal, por su parte, había publicado La Ciudad y el Pilar de Sal, que el Times había calificado de “aburrida” y “estéril”. Ambos hombres estaban radiantes de felicidad.
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| Tennessee Williams (izquierda) y Gore Vidal, en Roma, 1948 |
La profecía de Vidal ha sido ampliamente probada. Rara vez la cartelera de Nueva York, de Londres, o de las otras capitales del teatro, no incluye una nueva producción de alguno de los clásicos de Williams. Este año, Rachel Weisz ha ganado el premio Laurence Olivier, el equivalente británico de los Tony, por su Blanche DuBois en la versión del Donmar Warehouse de Un Tranvía… Un reparto formado exclusivamente por actores negros, liderado por James Earl Jones, arrasó en Broadway y en el West End londinense el año pasado con una producción de La Gata en el Tejado de Zinc Caliente. Se dice que Nicole Kidman y el ubicuo James Franco van a protagonizar en Broadway una nueva versión de Dulce Pájaro de Juventud, que será sin dudas una producción muy popular aunque estos dos vibrantes, esmerados actores no tengan, seamos honestos, ninguna oportunidad de igualar a los protagonistas originales, Geraldine Page y Paul Newman, ni el nuevo director, David Cromer, pueda acercarse al maestro Elia Kazán. En el Young Vic de Londres, mientras tanto, continúan las presentaciones de Zoológico de Cristal, quizás la más conmovedora y sincera de las piezas escritas por Williams, y la primera, cronológicamente, de sus obras más memorables. Ha sido tal el éxito de esta producción, calificada de “emocionalmente devastadora” por The Independent, y “profundamente sentida” por The Daily Telegraph, que la temporada, que debía terminar el 1 de enero, ha sido extendida dos semanas. Las funciones todavía tienen lugar a sala llena. Williams estaría orgulloso de este éxito, que lo confirma como el dramaturgo norteamericano más estimado por la crítica y los espectadores desde Eugene O’Neill. No le sorprendería haber sido colocado en ese lugar por la posteridad. Cierta vez, en una recepción en la Casa Blanca con John y Jackie Kennedy, los huéspedes, gentes del teatro, fueron colocados por orden alfabético, para ser presentados al invitado de honor, André Malraux. Thornton Wilder, el gran dramaturgo y novelista, ganador de tres premios Pulitzer, exclamó: “Mr Williams, usted está fuera de lugar. Usted va detrás de mí”. A lo que el interpelado replicó: “Solo en el alfabeto”.
En sus elocuentes, pero no necesariamente verídicas memorias, Tennessee Williams contaría que Zoológico de Cristal terminó de ser escrita en el dormitorio de la escuela de leyes de Harvard, en “las habitaciones de un chico salvaje” que el escritor había conocido en Princeton en el verano de 1944. El chico “decía ser heterosexual”, pero una noche Williams se lo llevó a la cama. “Se acababa el verano y yo no había terminado el último borrador de Zoológico, y no estaba listo para regresar a Manhattan”. El amante de Williams, Bill, era “un hermoso chico desgarbado, con pelo negro, ojos brillantes, y tartamudo”. En Harvard, Bill tenía un grupo de amigos al que Williams frecuentó durante aquel verano. “Estaban todos chiflados, en distintos grados. Uno de ellos se había cortado las venas unos días antes, y ese intento de suicidio lo había convertido en una celebridad dentro del grupo –recuerdo su tímido orgullo cuando exhibía las cicatrices en sus muñecas”. Bill, por su parte, era un laborioso voyeur. “Tenía un mapa de Cambridge con cruces marcadas en los lugares donde había ventanas por las que podía verse algún espectáculo excitante. Sus rondas comenzaban a medianoche, y seguían el itinerario claramente marcado en el mapa -regresaba a las 2 de la mañana con reportes de las escenas que había presenciado a través de esas afortunadas ventanas”. En aquel verano, las tropas norteamericanas estaban arrebatando Francia a los nazis, palmo a palmo, pero Williams había sido eximido del servicio militar por sus problemas psiquiátricos, por homosexual, por alcohólico, y por sus múltiples enfermedades, reales y ficticias. Zoológico de Cristal se titulaba en aquellos días Un Caballero Llama, después de haber sido, brevemente, El violinista en las alas. La pieza estaba siendo compuesta a partir de un cuento del año anterior, Retrato de una chica de cristal, y de una vasta colección de recuerdos familiares del escritor. La chica de cristal en cuestión, y el desolador personaje de Laura Wingfield en Zoológico, es, creen todos los historiadores del teatro, su hermana Rose, una infeliz criatura enferma de esquizofrenia desde muy joven, víctima de una lobotomía autorizada por sus propios padres, que creyeron que podrían curarla. El personaje de Amanda Wingfield, interpretado por primera vez en Chicago y en Broadway por Laurette Taylor, es habitualmente considerado un retrato de la madre del autor. Edwina Williams, “delicada sobreviviente de la mayoría de los elementos de la vida”, visitó a Taylor en su camerino después de la primera función de Zoológico en Chicago. La actriz le preguntó, desfachatadamente: “Bueno, Mrs Williams, ¿le ha gustado cómo la he interpretado?” El personaje de Tom es el propio autor, cuyo nombre verdadero no era el extravagante Tennessee, sino el indecentemente ordinario Thomas Lanier. Tom, personaje y narrador, declara, en un famoso, breve soliloquio en el inicio de la obra, que ofrecerá a los espectadores, “no la ilusión que tiene la apariencia de la verdad”, sino “la verdad en el agradable disfraz de la ilusión”: desde entonces, los historiadores del teatro se han afanado buscando las semejanzas entre los Williams y los patéticos Wingfield. En septiembre de 1944, Williams estaba de vuelta en Nueva York y Zoológico de Cristal había adquirido su título definitivo. Le había escrito a Bill: “Baby, eres un tonto si continúas en esa maldita escuela de leyes que odias tanto. Mándalo todo al diablo y vete de allí. El mundo es un brillante lugar para vivir (…) Tú atormentas tu alma por gusto. Sé que es divertido hacer de Hamlet, pero llega a convertirse en un hábito debilitante con el que tarde o temprano tienes que romper. ¡Hazlo ya! No te caigas, no te rindas -no con tu cerebro, tu encanto, tu belleza. ¡El mundo es tu ostra, así que échale un poco de salsa, y trágatelo de un tirón!” Era aquel probablemente un mensaje para sí mismo, en anticipación del éxito que le aguardaba. En Broadway, en el estreno de Zoológico, los actores recibieron una interminable, exultante ovación. Williams, sentado en la platea, fue llamado a escena. Pero, “me sentí avergonzado; no creo que me embargara ninguna sensación de triunfo. Creo que escribir es la continua persecución de una cualidad elusiva, que nunca llegas a alcanzar”.
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| Laurette Taylor como Amanda Wingfield, en Zoológico de Cristal, Nueva York, 1945 |
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| Sinéad Matthews como Laura, en Zoológico de Cristal, Londres, 2010 |



Sabía que ibas a terminar hablando de esa célebre temporada de El Público; eso me gusta de tus crónicas: la manera tan diáfana de tender puentes.
ResponderEliminarA estas alturas ya es difícil que un espectáculo teatral cause conmoción en esta Habana. Y no porque no nos falte nada por ver (bien sabes tú que falta mucho), sino porque el público ha perdido cierto entusiasmo, cierta inocencia y lo recibe todo (incluso lo mejor) con resignación o con cinismo. Y algo tendrá que ver con que nuestros mejores directores parecen regodearse en los caminos que un día abrieron y por los que ahora pueden pasear tranquilamente (los no tan buenos siguen ahí, como los dejaste).
Me pregunto si aparecerá alguien que haga lo que hizo Carlos Díaz en su momento. No soy muy optimista. Creo que, más allá de los lugares comunes perfectamente asimilables, a nadie le interesa hurgar en la llaga, en la verdadera llaga. O quizás nadie tenga fuerzas. O quizás no alcance el talento. O quizás no haga falta...
Yo recuerdo aquellas tres puestas de la compañía El Público, no los detalles, pero sí la angustia en el estómago, mi termómetro particular de calidad teatral, a falta de suficientes conocimientos del arte dramático. Luego leí los textos... Gracias, Orlando, por este recorrido tenneseniano. Y coincido con Yuris, la falta de conmoción en el teatro actual tiene que ver con esa banalización generalizada de las emociones en esta mala "temporada" para las utopías.
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