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17 de diciembre de 2010

El hombre del año

Mark Zuckerberg no es un hombre, es una época.  Este chico neoyorkino de 26 años, que en vez de jugar al fútbol o al béisbol juega con nuestra curiosidad, nuestra vanidad y nuestras más indomables esperanzas, ha sido elegido Hombre del Año por la revista Time.  Este título, aunque tan rematadamente insignificante como todos los que se otorgan cada diciembre a lo más notable, terrible o amable del año que termina, es en este caso muy apropiado.

Ninguno de los otros candidatos, salvo, quizás, Julian Assange, el líder de Wikileaks, representa mejor el estado actual de la civilización occidental, o de lo que así es todavía llamado, tan erróneamente. Es una justa decisión, quizás la más elocuente que haya tomado Time desde que otorgó el título a un hombre aún más joven que Zuckerberg, y casi tan influyente entre sus contemporáneos como el fundador de Facebook entre nosotros, el insigne Charles Lindbergh. 

Al otorgar el título a Lindbergh, en enero de 1928, Time enumeró las características del héroe que la primavera anterior había volado sin interrupciones entre Nueva York y París, en el frágil Espíritu de San Luis, el avión más famoso de la historia:  “Modesto, taciturno, retraído (las mujeres lo hacen enrojecer)  resuelto, valiente, ocasionalmente brusco, flemático”. La revista notó que Lindbergh no bebía ni fumaba, y le gustaban los dulces.   También, que tenía pies tan largos que al llegar a París no había en la Embajada norteamericana ningún par de zapatos que le sirvieran para atender las muchas galas a las que era invitado.  De Zuckerberg, más académicamente, Time ha dicho que es el jefe de estado, en “camiseta”, del tercer país más vasto de la Tierra, esa nación insomne, ese carnaval veneciano que es Facebook, que está a punto de llegar a los 600 millones de usuarios.    Zuckerberg tiene fama de ser brusco, torpe en sus modales, y de mostrar habitualmente mínima consideración por las convenciones del trato personal o profesional. En La Red Social, la película sobre los orígenes de Facebook que los espectadores de casi todo el mundo han podido ver este otoño, el actor Jesse Eissenberg intepreta a Zuckerberg como un prodigioso idiota, un genio que se mueve mejor entre algoritmos que entre otras personas, que causa discordia y rencor entre sus amigos y condiscípulos de Harvard a la vez que enlaza a cientos de miles de desconocidos y reparte entre ellos, como un dios gentil, certificados de amistad. Pero Lev Grossman, redactor de Time, no vio a ese Zuckerberg cuando llegó a California a entrevistarlo a mediados de noviembre, ni tampoco fue ese el que concurrió al programa de Oprah Winfrey para anunciar la donación de 100 millones de dólares de su fortuna personal a las escuelas de Newark, New Jersey. Grossman encontró a Zuckerberg en medio de una conferencia, discutiendo el lanzamiento, el día anterior, del nuevo servicio de mensajería de Facebook. “Zuckerberg mantenía el control de la reunión, moviéndose rápidamente por los puntos de la agenda  -sin notas o pizarra, hablando con las manos- pero su tono era relajado”. El nuevo Messenger, al parecer, había sido inaugurado sin apenas sobresaltos o errores de último minuto. En Oprah, el joven genio apareció igualmente distendido, encantador, mucho más agradable que sus acompañantes, el alcalde de Newark y el gobernador de New Jersey, dos malencarados politicastros de distintos partidos que, escandalosamente, estaban juntos en aquel estudio solo por el dinero.   
Mark Zuckerberg
Oprah, muy astutamente, mencionó que algunos cínicos podrían pensar que la exorbitante donación era un costoso ejercicio de publicidad, un intento por reparar los daños causados por La Red Social a la imagen popular y comercial de Zuckerberg. “¿Qué dices de eso?”, preguntó Oprah. Zuckerberg se rió: “Oh, mira… es una película, es divertida… la mayor parte de ella es ficción, incluso los que la hicieron admitirían que es ficción, ellos están tratando de contar una buena historia. Puedo asegurarte, mi historia no es tan dramática”. Los realizadores de la película, basada en un libro de poca vocación historiográfica llamado Los Millonarios Accidentales, parecen haber interpretado la vida de Zuckerberg libérrimamente. El creador de Facebook no debe ser tan inepto emocionalmente como la película lo pinta: ha sido novio, desde que tenía 19, de una chica llamada Priscilla Chan, a la que apareció besando, con cierta teatralidad, en un video mostrado en Oprah.  Viven juntos, Chan y él, en una casa rentada, más bien modesta, escasamente amueblada, en Palo Alto, California. Ni tampoco es Zuckerberg tan escuálido como Jesse Eissenberg:  no será un atleta olímpico como los gemelos Winklevoss, dos titanes, condiscípulos de Harvard, a los que Zuckerberg, de acuerdo con la película, robó la idea de Facebook, pero fue capitán del equipo de esgrima en su escuela secundaria, y aparenta estar todavía en muy aceptable forma física.   Sea verdad o no lo que cuenta la película, el éxito comercial y entre los críticos de La Red Social debe haber sido considerado por los editores de Time que decidieron que Zuckerberg era el Hombre del Año. La película, dirigida por el excelente David Fincher, ha ganado los premios principales de los círculos de críticos de Nueva York, Los Angeles y Boston, ha sido nominada para seis Globos de Oro, y Roger Ebert, del Chicago Sun-Times, quizás el crítico de cine más popular e influyente de Estados Unidos, la ha escogido como la mejor del año. “Creo que la película observa muy tempranamente una tendencia en nuestra sociedad, cómo hemos aprendido a pensar en nosotros mismos de nuevas maneras:  como miembros de un segmento demográfico, como parte de una base de datos, o como figuras… en una red social”. De Zuckerberg, el personaje, Ebert dice que “no está motivado por avaricia o sed de poder” sino por “su obsesión con un sistema abstracto  (…)  bien podría ser un jugador de ajedrez como Bobby Fisher”. Zuckerberg, cree el crítico, “halla placer en manipular sistemas”. La película, por su parte, “echa luz sobre un proceso que algunos creen (y otros temen)  está creando una nueva manera de pensar”.  Los editores de Time deben haber tenido en cuenta también el anuncio de que Zuckerberg se ha unido a una campaña lanzada por Bill Gates y Warren Buffett, dos de los hombres más ricos del mundo, para convencer a otros billonarios de que se comprometan a donar la mayor parte de sus fortunas, a lo largo de su vida o después de su muerte, a causas filantrópicas u organizaciones de caridad. Ese dinero, si en efecto es donado, no va a remediar definitivamente ninguno de los problemas que algunos de esos mismos millonarios han creado con su rapacidad, pero Zuckerberg no ha talado ningún bosque ni contaminado ningún océano para hacer su fortuna, ni se ha robado los minerales de una desgraciada república africana o sudamericana, así que no sería justo mirar su gesto con abrumador escepticismo o, simplemente, desprecio. Zuckerberg es todavía demasiado joven para ser declarado símbolo satánico del capitalismo terminal. Y que lo hayan elegido Hombre del Año en Time no significa, necesariamente, que haya sido santificado por el periodismo occidental: Stalin fue Hombre del Año en 1939.  

El invento de Zuckerberg, Facebook, es tan demostrativo de las ambiciones de nuestra época y de las abismales contradicciones de nuestra cultura como el vuelo de Lindbergh lo fue de las de su época. Las treinta y tres horas que duró el viaje del Espíritu de Saint Louis fueron, en términos históricos, casi equivalentes a las cinco semanas de navegación que realizó, en sentido contrario, cuatro siglos antes, Cristóbal Colón, y a la fracción de segundo que toma a un usuario de Facebook en Londres hacerse, presuntamente, amigo de otro usuario, en La Habana, en Berlín o en Tokyo. En La Conspiración contra América, una novela de nostalgia y aterradoras posibilidades, Philip Roth ha recordado la significación de la hazaña del gran aviador, que coincide, en la trama, con el anuncio de que la madre del protagonista está embarazada de su primer hijo. “Como consecuencia, el joven aviador cuya valentía había estremecido a América y al mundo, y cuya proeza señalaba un futuro de inimaginable progreso aeronáutico, vino a ocupar un lugar especial en la galería de anécdotas familiares que generan la primera mitología cohesiva de un niño. El misterio del embarazo y el heroísmo de Lindbergh se combinaron para dar una distinción casi divina a mi madre, para la cual nada menos que una anunciación global había acompañado la encarnación de su primer hijo”. La novela de Roth es una fantasía histórica y una desgarradora biografía doméstica, el examen de lo que hubiera ocurrido si Lindbergh, sospechoso de simpatizar con los Nazis y de tener una resuelta disposición antisemita, hubiera derrotado a Franklin Roosevelt en las elecciones presidenciales de 1936 como candidato del Partido Republicano. Cualesquiera que sus sentimientos hayan sido antes de la guerra, Lindbergh, debe decirse, sirvió con honor a su país en la gran batalla contra Hitler. Su vuelo a París, del 20 al 21 de mayo de 1927, causó ciertamente el mismo alboroto que una anunciación divina, y ninguna sospecha sobre su carácter u opiniones debería empequeñecer la memoria de aquella hazaña, como no disminuirían los méritos de Mark Zuckerberg si fueran verdad los rumores sobre su falta de urbanidad.   Lindbergh fue el héroe de una época en que, siendo Hitler todavía apenas el líder de un pequeño partido de facinerosos, la posibilidad de una nueva guerra era visible solo para los más curiosos observadores, y los horrores de la década anterior eran lentamente olvidados en medio del estruendo de las orquestas de jazz. Europa y América parecían venir al encuentro una de otra, no prepararse para otra carnicería. Aún faltaban dos años, cuando Lindbergh voló a Europa, para el crash de Wall Street. Era una época de optimismo en Estados Unidos, de la que la misma revista Time, creada en 1923, era ejemplo y vocero. Henry Luce y Britton Hadden, los fundadores de la revista, tenían solo 25 años cuando el primer número de Time salió a la calle. Lindbergh tenía también 25 cuando aterrizó en París. Mark Zuckerberg no había cumplido 20 cuando Facebook salió a la red, en febrero de 2004. Fueron, todas estas, empresas de jóvenes, que casi por diversión, casi por casualidad, terminaron cambiando, bastante, el periodismo, el sentido de la geografía o, más profundamente, las relaciones entre las personas. Lindbergh, en verdad, no voló a París, sino, como todo el mundo se dio cuenta incluso entonces, al neblinoso futuro. Al crear Facebook, Zuckerberg no solo puso en contacto continuo a personas que quizás no necesitaban ni querían estarlo, no solo los hizo compartir información habitualmente irrelevante, que en la red pasa por revelatoria, íntima o confesional, no solo permitió que surgieran tribus y naciones virtuales, agrupadas en torno a manifiestos de diez palabras, y que marcharan, electrónicamente, con sus firmas, no con sus pies, cientos de miles de airados o entusiastas combatientes de las más razonables o desquiciadas causas, sino que desafió abiertamente las fronteras del espacio individual, las normas tradicionales de relación entre cada persona y su grupo, y nuestro entendimiento de palabras que creíamos perfectamente inteligibles, como amistad, que de repente ha adquirido un significado mucho más ligero y casual del que solía tener. Facebook, al mismo tiempo, nos hace sentir más cerca de otros, y terriblemente solos. Estamos acompañados por muchos, pero solo online.
Charles Lindbergh junto al Espíritu de Saint Louis
El Espíritu de Saint Louis fue el heraldo de un siglo de viajeros, de turistas, soldados e inmigrantes, centenares de miles, millones de ellos, que cruzarían el planeta en muy pocas horas, como si los kilómetros hubieran sido reducidos, mágicamente, a milímetros. Lindbergh no creó la aviación moderna, como Zuckerberg no creó Internet, ni siquiera las redes sociales. Pero el vuelo de Lindbergh resumió en un único, descabellado acto de coraje individual los avances tecnológicos de décadas anteriores, y los cortísimos vuelos de pocos metros, o pocas millas, de modestos pilotos desconocidos, y mostró al público un nuevo mundo en el que era posible desayunar en Nueva York, almorzar en París, y cenar en Estambul. Zuckerberg y Facebook han hecho nuestro mundo aún más pequeño que el de 1928, aunque no necesariamente, como tampoco el vuelo de Lindbergh, lo hayan hecho más fraternal. El vuelo de Lindbergh preludió los bombardeos de la Luftwaffe sobre Londres y Stalingrado, y los de los aliados sobre Berlín y Dresde. Facebook, creada en el mismo año en que George W. Bush fue electo presidente por segunda vez, es una nación rodeada por ejércitos enemigos, una próspera ciudad burguesa sitiada por bárbaros.    Mientras la gente intercambia en Facebook diminutas anécdotas domésticas, en el mundo real, si es que tal distinción puede hacerse, tan groseramente, continúan la guerra y el hambre. Facebook ha sido invadida por toda suerte de lunáticos y terroristas, por asesinos y rufianes, y por las corporaciones y sus publicistas. En medio del barullo de los que intercambian fotos de vacaciones, videos de Youtube, recetas de cocina o lánguidos comentarios sobre el tiempo, no se  oyen, a veces, aullidos de dolor o pánico, como el de Tyler Clementi, un estudiante de Rutgers University que escribió en Facebook, antes de lanzarse del puente George Washington de Nueva York el pasado 22 de septiembre: “Jumping off the gw bridge sorry”. Nadie, nadie, nadie, detuvo a Clementi, que murió en horrible soledad y angustia, asfixiado por la inexplicable crueldad de las personas reales, abandonado, en ese último minuto, por todos los miembros de su lista de amigos. Pero Mark Zuckenberg no tiene la culpa de que el mundo real sea peor que el de Facebook, o que este magnífico juguete, cuyo mayor beneficio es poder extender y conservar amistades ganadas y construidas cara a cara, piel a piel, a viva voz, sea inadecuado o insuficiente para salvar las vastas distancias entre completos desconocidos, para curar la soledad o la apatía, y para reclamar un poco de amor o de genuino afecto. Ni es su culpa que la ilusión de la amistad con cientos de extraños no cure la nostalgia por los verdaderos amigos distantes, los que uno quisiera abrazar y besar, pero solo puede, dadas las circunstancias, tag en una foto o, pícaramente, poke. Habría que decir que Zuckenberg no fue la elección del público consultado por Time, sino el de los editores. Los lectores eligieron a Julian Assange, con una clara mayoría. Pero es justo, por todo lo dicho, que el Hombre del Año en la revista Time sea Mark Zuckenberg. Assange ha ganado algo mejor:  un juicio, la cárcel, quizás la historia.

3 comentarios:

  1. Como siempre es una clase leerte. Saludos. Dagmar

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  2. Pasado el tiempo de los actos heroicos, hackers y geeks se disputan las primeras planas de los diarios. Es como si comenzáramos a vivir en una película de ciencia ficción.

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  3. Y quién podría ser el hombre o la mujer del año en Cuba? Acaso Mariela Castro, que anunció el futuro ascenso a la presidencia de una mujer o de un transexual? O su padre, por el extenso mea culpa ante las cámaras de televisión y la mirada unánime de los parlamentarios?

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