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21 de enero de 2011

Túnez

Habíamos regresado de Cartago, de las ruinas de la antigua metrópolis, rival de Roma en el Mediterráneo clásico, al final de una tarde de marzo. Al bajarnos del tren, en la estación de la avenida Bourguiba, llovía tan ferozmente que apenas se veía el otro lado de la calle.   Iris corrió a refugiarse debajo de un kiosko de flores, mientras yo trataba de parar un taxi, en medio del tráfico, bajo aquel diluvio. Teníamos pocos minutos para tomar el tren a Susa, en la estación de la Plaza de Barcelona. Varias personas, refugiadas bajo los kioskos, me miraban con curiosidad, examinaban al incompetente turista intentando inútilmente atrapar un taxi en medio de aquel súbito cataclismo.  Más lista que yo, Iris logró averiguar con la florista qué línea de tranvía nos podía llevar a la estación del ferrocarril. Cruzamos la avenida Bourguiba de nuevo, y casi en el instante en que cerraban las puertas, logramos entrar, chorreando agua, en un vagón con rumbo a la Plaza de Barcelona. En Túnez, lo habíamos comprobado durante aquellos días, los trenes circulan con marcial puntualidad germánica.
   
El tranvía, perezosamente, nos llevó por una calle mustia y oscura, ocupada por oficinas del puerto, giró en la Rue D’Italie, y desembocó en la plaza de la estación.  La lluvia había parado, tan repentinamente como había comenzado, y la Plaza de Barcelona había sido retomada por la abigarrada multitud que en todas las ciudades del mundo sale de sus escondites, de sus oficinas y talleres, a las cinco de la tarde, cargando penosamente su cansancio y su prisa. En un país tan pequeño como Túnez, las ciudades del interior, Susa, Hammamet, Monastir, Bizerta, son, casi, barrios de la capital, suburbios gentiles desde los que se puede viajar a las oficinas del gobierno o de las grandes empresas, a los teatros, a la universidad o a la Gran Mezquita, en dos horas o tres. Los trenes nacionales cumplen la función, modesta y útil, de tranvías. En la estación, un edificio moderno y sin carácter, pero esmeradamente limpio, la muchedumbre, corriendo a tomar el tren, pasaba junto al gran retrato del Presidente Zine El Abidine Ben Alí, procurando no mirarlo.  El Presidente había adoptado para aquella fotografía oficial, colocada en cada edificio público, cada café, cada hotel, cada esquina de Túnez, como las estatuas de Ramsés II en cada montículo del desierto egipcio, una expresión benevolente, ampliamente magnánima, la de un parsimonioso padre de la patria, reelecto por cuarta vez en el 2004 con una proporción de los votos, 95 %, solo ínfimamente menor que la de Saddam Hussein, que dos años antes había ganado las últimas elecciones iraquíes antes de la invasión norteamericana con la absoluta totalidad de las boletas, un faraónico 100%.
    
Más inexplicable que la fabulosa popularidad del Presidente era su cabellera, tan negra como la de Sherezada, a pesar de que Ben Alí tenía, aquella tarde de marzo del 2008, cuando Iris y yo finalmente tomamos el tren de Susa, 71 años. En casi todas las fotografías, o en las vallas que anunciaban un futuro de progreso y paz para Túnez, colocadas en cada giro de la carretera, en cada intersección importante, Ben Alí aparecía solo: su mujer, Leila Trabelsi, veinte años más joven que él, era virulentamente detestada por los tunecinos, o al menos, eso creía el Embajador norteamericano, Robert Godec, de acuerdo con cables obtenidos y divulgados jubilosamente por Wikileaks. Godec reportó al Departamento de Estado que los tunecinos "detestan, incluso odian a la primera dama, Leila Trabelsi, y a su familia. En privado, los oponentes del régimen se burlan de ella. Incluso personas cercanas al gobierno expresan disgusto por su supuesto comportamiento”.  La rapidez con que se derrumbó el régimen del Presidente Ben Alí, tan solo pocas semanas después de que fueran publicados los reportes confidenciales del Embajador Godec, ha llevado a algunos a calificar los acontecimientos de días pasados en Túnez como la primera revolución Wiki, presuntamente la primera de muchas, como si al de Ben Alí fueran a suceder otros gobiernos humillados por Julian Assange y sus hackers. El propio Coronel Gadaffi, que ha puesto sus barbas en remojo después de ver las de su vecino arder, ha condenado la malevolencia de Wikileaks, que, en su opinión, “publica información escrita por embajadores mentirosos con el propósito de crear el caos”. El gobierno de Irán, que tampoco las tiene todas consigo después de sobrevivir, a duras penas, las extensas protestas populares que siguieron a la reelección de Mahmoud Ahmadinejad en 2009, también le ha cogido miedo a Wikileaks, y a los periódicos que publican sus documentos, y ha bloqueado acceso a El País, que publicó una historia muy curiosa, y francamente divertida, acerca del bofetón propinado al propio Ahmadinejad por el jefe de la Guardia Revolucionaria, Alí Jafari, en una tormentosa reunión de la cúpula de Teherán. En Túnez, las supuestas revelaciones de Wikileaks deben haber sorprendido a nadie, pero sí haber aumentado el resentimiento contra la familia Trabelsi, cuya cancerosa corrupción, aparentemente, era de sobra conocida en el país. Inútilmente, en un acto desesperado, que colmó la copa de la paciencia de sus súbditos, Ben Alí ordenó bloquear el acceso a Wikileaks, con consecuencias desastrosas.  Los hackers contraatacaron haciendo colapsar las páginas oficiales del gobierno de Túnez y poniendo en ridículo a Ben Alí, que había intentado lo imposible, impedir que la gente no se enterara de lo que estaba ocurriendo en su propio país, como si esos indiscretos, el hambre, la tortura, los abusos del poder, la desesperanza, la revolución, no terminaran siempre por contar sus secretos incluso a los que no los quieren oír, a los más indolentes, a los más tercamente egoístas. Mientras Iris y yo viajábamos hacia Susa, veíamos los nuevos edificios construidos a lo largo de la ruta del tren, a la salida de ciudades y pueblos, pequeños paraísos burgueses, versalles y sanssoucis de la clase media, que cientos de miles de desempleados  (más del 14 % de la población activa)  jamás podrían rentar o comprar. Pero en la mayoría de las casas, incluso en algunas muy modestas, había antenas parabólicas.  El cielo de Túnez, visto desde la ventanilla del tren, aparecía cortado, pinchado, por cientos, miles de antenas. Craso error. Los dictadores y las antenas parabólicas no pueden coexistir indefinidamente. Al Jazeera, más que Wikileaks, parece haber hecho una significativa contribución a la revolución tunecina, difundiendo a todo el país los reportes de los primeros incidentes, los iniciales disturbios, los que el Presidente Ben Alí habría querido mantener ocultos a toda costa, aunque para ello hubiera tenido que dar todo su pelo.
La rábida de Monastir, con un cartel representando
al Presidente Ben Alí.
En Susa, en la pintoresca Hammamet, en Monastir, en la apacible ciudad blanca de Mahdia, Iris y yo habíamos visto los grupos de muchachos aburridos, vagando por las calles sin mucho que hacer. En la playa de Monastir, el domingo por la tarde, bandas de varones iban de un lado a otro, sin saber muy bien dónde ponerse.  Andaban y desandaban la Route de la Corniche, entre la magnífica ribat, la rábida, una de las más antiguas del Mediterráneo, del siglo VIII, y la pequeña, casi vacía marina, arrastrando su hastío junto a los hoteles de nombres apropiadamente vulgares, hotel Delphin, hotel Club Caribbean, hotel Bella Vista.  En Susa, a media tarde de un miércoles, muchachos en edad de estudiar o trabajar jugaban al fútbol junto a la espléndida muralla, o perseguían a los turistas, usando, como lenguaje para comunicarse, para adivinar el origen de los visitantes, nombres internacionales: “¡Ronaldo!”, “¡Rooney!”, “¡Raúl!” En la medina, en los zocos desbordados de zapatos, alfombras, pieles, cerámica, golosinas o suvenires, los jovencitos encargados de cuidar las mercancías y atrapar compradores bostezaban: la temporada turística apenas había comenzado, había demasiado frío aún, las playas estaban desiertas.  En los cafés, esos templos seculares del mundo árabe, sin altar ni sacerdote, estrictamente masculinos, los mayores conspiraban. Qué hablan los ceñudos, solemnes contertulios de los cafés del norte de África, o del Medio Oriente, en Estambul, en Fez, en la melancólica Alejandría, en Beirut, en Amman, es un misterio para los que no hablamos su lengua, y no podemos pasar inadvertidos, como si fuéramos locales. Un muchacho, Sami Ben Hassine, escribió en el blog independiente Nawaat, que “si los cafés están llenos durante el día, es porque los desempleados están ahí hablando de fútbol (…)  Otras historias están circulando, como una sobre alguien de la familia Trabelsi que le dio a alguien una tremenda pateadura solo porque le dio la gana, y otro que causó un accidente de tránsito y se fue tranquilamente a casa a dormir, como si nada hubiera pasado. Intercambiamos historias, tranquilamente, rápidamente. Es una suerte de venganza, a nuestra manera:  al intercambiar esos chismes, tenemos la impresión de que estamos conspirando”.  Iris y yo entramos una tarde, inopinadamente, en un café de Sidi Bou Said, la graciosa aldea blanquiazul, cerca de la capital, a donde han llegado, con la misma curiosidad, la misma alegre ignorancia, tantos europeos ilustres, desde Cervantes hasta Simone de Beauvoir. Llovía torrencialmente, con religiosa violencia.  Todos los bigotes se levantaron para mirarnos, no con hostilidad, sino con casi científica perplejidad.  Iris era, naturalmente, la única mujer en el vasto salón, donde algunos jugaban dominó, otros discutían, muy sobriamente, algunos oscuros asuntos, y otros sorbían su té con elegante indiferencia por el tiempo. Después de un minuto, nadie nos volvió a mirar. Solo, desde la pared, el ubicuo Presidente Ben Alí continuó observándonos mientras nos secábamos y bebíamos un jugo de naranja. En salones populares como ese, entre sorbo y sorbo de té, entre ficha y ficha de dominó, bajo las nubes de humo de shisha, o tras la cortina de los periódicos, más que en los cafés atildados de la Nouvelle Ville de Túnez, el Café del Teatro Municipal en la Rue de Greece, o el Café de París en la Avenue de Marseille, a los que las mujeres pueden entrar sin escándalo, se preparó durante años la revuelta que derribó a Ben Alí y a su esposa. Allí, imaginamos, se discutió, tan veladamente como era posible para que los espías de la policía no se enteraran, la íntima tragedia de un país que, por todos sus logros económicos y sociales, se halló a sí mismo, al final, en un atolladero. Los tunecinos tienen una esperanza de vida de 75,9 años, la más alta de África, y una tasa de alfabetización de 74.3 % entre los adultos mayores de 15 años (casi veinte puntos más alta entre los hombres que entre las mujeres). De acuerdo con el Índice de Desarrollo Humano de Naciones Unidas, la expectativa de escolarización en 2010 era de 14.5 años.  La UNESCO ha estimado que entre 2005 y 2008, la tasa de incorporación a la educación primaria y secundaria fue del 98.7 % de los niños, y  95.3 % de las niñas en esa edad escolar.  Túnez dedicó a educación en ese período, hasta hace dos años, el 7.2 % de su Producto Interno Bruto, una cifra que colocaba a ese país en el lugar 18 del mundo.  Muchos llegan a la universidad, como una chica que viajaba con nosotros en el tren, estudiante de Derecho en Túnez, que regresaba a su aldea, en la mitad de nuestro camino, al final del día.   Pero “no hay trabajo para los profesionales”, nos dijo un empleado del bar en nuestro hotel de Susa.  “Todos se van a Francia, si pueden, cuando se gradúan”.  El ingreso nacional per cápita de Túnez, que Naciones Unidas estima en casi 8 mil dólares, es dramáticamente insuficiente para una sociedad tan esmeradamente educada, rica en licenciados e ingenieros, para una pujante clase media, secular y moderna, que ve por la televisión Friends y los partidos de la Premier League. En comparación, Grecia y Portugal, los dos países de Europa occidental que más cerca han estado de la bancarrota, con una población solo ligeramente mayor que la de Túnez, tenían hasta que los mordió la crisis un ingreso nacional per cápita de 27 580 y 22 105 dólares, respectivamente. Hungría, con diez millones de habitantes, muy poco menos que Túnez, tiene un ingreso per cápita de 17 mil dólares, más del doble.
Cafés en la Avenida Bourguiba
Las cancillerías europeas y el Departamento de Estado otorgan a Túnez una importancia que con mucho sobrepasa el tamaño o la riqueza de ese país, lo que explica la condescendencia mostrada hacia el Presidente Ben Alí desde su ascenso al poder en 1987, cuando reemplazó en un fulminante golpe de estado al entonces ya senil fundador de la República, Habib Bourguiba, uno de los grandes líderes nacionalistas árabes. En uno de los cables obtenidos por Wikileaks, el Embajador Godec afirma, categóricamente, que Estados Unidos no puede dejar de prestar atención a Túnez. “Hay muchos intereses en juego.  Nos interesa impedir que Al Qaeda en el Magreb Islámico y otros grupos extremistas puedan establecer aquí una base. Queremos que el ejército tunecino sea profesional y neutral.  También tenemos un interés por propiciar una mayor apertura política y más respeto a los derechos humanos”. Freedom House admitió, en un informe de 2007, que Túnez había obtenido grandes avances económicos y sociales, pero que las condiciones políticas contrastaban agudamente con esos logros.  “El régimen ha reforzado su control sobre todas las instituciones que pudieran desafiar su poder:  el parlamento, la judicatura, la prensa, los partidos políticos, las universidades, las asociaciones de profesionales…”  Amnistía Internacional, por su parte, regañó a Ben Alí en un informe de julio del 2010 por hostigar y perseguir a los grupos de derechos humanos.  El informe recuerda que Ben Alí criticó, el día en que fue reelecto por última vez, a la “pequeña minoría de tunecinos que ponen en duda los logros de Túnez.  Esa pequeña minoría de tunecinos han renunciado al honor de ser parte de Túnez, un honor que requiere que muestren un sentido de responsabilidad y discreción hacia todo aquello que pueda dañar a nuestro país”.  Ben Alí ganó, si no la amistad, sí la tolerancia culpable de Occidente, al mantener a su país fuera del campo de acción de Al Qaeda, y permitir el crecimiento de una sociedad notablemente tolerante y diversa. En Susa, uno de esos parlanchines taxistas que uno encuentra en todas las ciudades del Medio Oriente, nos dio un recorrido no solicitado por las locaciones que prueban la pacífica convivencia entre religiones en Túnez, la iglesia católica de San Félix, la sinagoga Keter Torah. “Vivimos en paz”, dijo el hombre, con orgullo. “No vivimos, pero creemos que lo hacemos”, escribió Sami en Nawaat.  “La corrupción, los sobornos… simplemente, nos queremos ir. Enviamos solicitudes para estudiar en Francia o Canadá. Es cobardía, y lo sabemos. Les dejamos a ellos el país.  Nos vamos a Francia, y olvidamos, y volvemos a casa de vacaciones. ¿Túnez? Son las playas de Susa o de Hammamet, los clubes y los restaurantes. Un gigantesco ClubMed”.
    
Hasta que un día, uno de esos jovencitos desesperados, Mohamed Bouazizi, se prendió fuego frente al edificio de gobierno de Sidi Bouzid, después de que inspectores de esa ciudad derribaran el carro con el que vendía frutas y vegetales por las calles, y confiscaran sus pesas. Son siempre esos pequeñísimos incidentes, esos anodinos eventos, los que dan inicio a las más obstinadas revoluciones.  El despido de Anna Walentynowicz en los astilleros de Gdansk, en 1980, provocó la huelga de obreros portuarios de la que saldría el sindicato independiente Solidaridad, contra el que se estrelló el régimen del general Jaruzelsky, último líder comunista de Polonia. Las protestas en Timisoara, en diciembre de 1989, que se extenderían hasta forzar la caída de Nicolae Ceaucescu, fueron causadas por el intento de las autoridades de echar de su apartmento al pastor prostestante Lázló Tőkés, crítico del gobierno.  Una simpleza, un rutinario, casi negligente acto de despotismo, puede convertirse, repentinamente, en el último de una dictadura. En Túnez, Bouazizi logró sobrevivir más de dos semanas en el hospital, pero murió de sus quemaduras el 4 de enero.  Ben Alí lo visitó en el hospital, pero ese postrer gesto de presunta compasión fue insuficiente para salvar al presidente. Diez días después, en medio de una furia popular incontenible, Ben Alí y su esposa huyeron del país. Dos años y medio antes, Iris y yo habíamos llegado a Cartago, a examinar las ruinas de la famosa ciudad de Aníbal y Salambó, que los generales romanos arrasaron al nivel del suelo, pero que pacientes arqueólogos e historiadores han sacado del fondo de la ciudad nueva. Visitamos los baños de Antonino, construidos en el siglo I, mucho después de la victoria de Roma, y que fueron alguna vez los más grandes del imperio.  Nos metimos entre columnas y arcos, examinamos el tamaño de las piscinas.   Tomamos fotos para las crónicas que El Nuevo Herald le había encargado a Iris.  Era un día plácido, de una casi mortecina quietud entre las mansiones lujosísimas de Cartago. Desde las ruinas, podíamos ver el palacio presidencial, su pequeño embarcadero, la pista de helicópteros, los severos guardianes.  El palacio mismo, en una colina cubierta de pinos, dominando el golfo al que una vez llegaron las naves de Escipión, parecía inexpugnable, a salvo de todo peligro, inmune a invasiones y a revueltas populares. Viendo que se aproximaba un aguacero, decidimos regresar a Túnez. Ya saben ustedes que nos cayó toda el agua encima.     

2 comentarios:

  1. Demasiadas semejanzas entre Túnez y Cuba me hacen temer lo peor o, a largo plazo, lo mejor.

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