Habíamos regresado de Cartago, de las ruinas de la antigua metrópolis, rival de Roma en el Mediterráneo clásico, al final de una tarde de marzo. Al bajarnos del tren, en la estación de la avenida Bourguiba, llovía tan ferozmente que apenas se veía el otro lado de la calle. Iris corrió a refugiarse debajo de un kiosko de flores, mientras yo trataba de parar un taxi, en medio del tráfico, bajo aquel diluvio. Teníamos pocos minutos para tomar el tren a Susa, en la estación de la Plaza de Barcelona. Varias personas, refugiadas bajo los kioskos, me miraban con curiosidad, examinaban al incompetente turista intentando inútilmente atrapar un taxi en medio de aquel súbito cataclismo. Más lista que yo, Iris logró averiguar con la florista qué línea de tranvía nos podía llevar a la estación del ferrocarril. Cruzamos la avenida Bourguiba de nuevo, y casi en el instante en que cerraban las puertas, logramos entrar, chorreando agua, en un vagón con rumbo a la Plaza de Barcelona. En Túnez, lo habíamos comprobado durante aquellos días, los trenes circulan con marcial puntualidad germánica.
El tranvía, perezosamente, nos llevó por una calle mustia y oscura, ocupada por oficinas del puerto, giró en la Rue D’Italie, y desembocó en la plaza de la estación. La lluvia había parado, tan repentinamente como había comenzado, y la Plaza de Barcelona había sido retomada por la abigarrada multitud que en todas las ciudades del mundo sale de sus escondites, de sus oficinas y talleres, a las cinco de la tarde, cargando penosamente su cansancio y su prisa. En un país tan pequeño como Túnez, las ciudades del interior, Susa, Hammamet, Monastir, Bizerta, son, casi, barrios de la capital, suburbios gentiles desde los que se puede viajar a las oficinas del gobierno o de las grandes empresas, a los teatros, a la universidad o a la Gran Mezquita, en dos horas o tres. Los trenes nacionales cumplen la función, modesta y útil, de tranvías. En la estación, un edificio moderno y sin carácter, pero esmeradamente limpio, la muchedumbre, corriendo a tomar el tren, pasaba junto al gran retrato del Presidente Zine El Abidine Ben Alí, procurando no mirarlo. El Presidente había adoptado para aquella fotografía oficial, colocada en cada edificio público, cada café, cada hotel, cada esquina de Túnez, como las estatuas de Ramsés II en cada montículo del desierto egipcio, una expresión benevolente, ampliamente magnánima, la de un parsimonioso padre de la patria, reelecto por cuarta vez en el 2004 con una proporción de los votos, 95 %, solo ínfimamente menor que la de Saddam Hussein, que dos años antes había ganado las últimas elecciones iraquíes antes de la invasión norteamericana con la absoluta totalidad de las boletas, un faraónico 100%.
Más inexplicable que la fabulosa popularidad del Presidente era su cabellera, tan negra como la de Sherezada, a pesar de que Ben Alí tenía, aquella tarde de marzo del 2008, cuando Iris y yo finalmente tomamos el tren de Susa, 71 años. En casi todas las fotografías, o en las vallas que anunciaban un futuro de progreso y paz para Túnez, colocadas en cada giro de la carretera, en cada intersección importante, Ben Alí aparecía solo: su mujer, Leila Trabelsi, veinte años más joven que él, era virulentamente detestada por los tunecinos, o al menos, eso creía el Embajador norteamericano, Robert Godec, de acuerdo con cables obtenidos y divulgados jubilosamente por Wikileaks. Godec reportó al Departamento de Estado que los tunecinos "detestan, incluso odian a la primera dama, Leila Trabelsi, y a su familia. En privado, los oponentes del régimen se burlan de ella. Incluso personas cercanas al gobierno expresan disgusto por su supuesto comportamiento”. La rapidez con que se derrumbó el régimen del Presidente Ben Alí, tan solo pocas semanas después de que fueran publicados los reportes confidenciales del Embajador Godec, ha llevado a algunos a calificar los acontecimientos de días pasados en Túnez como la primera revolución Wiki, presuntamente la primera de muchas, como si al de Ben Alí fueran a suceder otros gobiernos humillados por Julian Assange y sus hackers. El propio Coronel Gadaffi, que ha puesto sus barbas en remojo después de ver las de su vecino arder, ha condenado la malevolencia de Wikileaks, que, en su opinión, “publica información escrita por embajadores mentirosos con el propósito de crear el caos”. El gobierno de Irán, que tampoco las tiene todas consigo después de sobrevivir, a duras penas, las extensas protestas populares que siguieron a la reelección de Mahmoud Ahmadinejad en 2009, también le ha cogido miedo a Wikileaks, y a los periódicos que publican sus documentos, y ha bloqueado acceso a El País, que publicó una historia muy curiosa, y francamente divertida, acerca del bofetón propinado al propio Ahmadinejad por el jefe de la Guardia Revolucionaria, Alí Jafari, en una tormentosa reunión de la cúpula de Teherán. En Túnez, las supuestas revelaciones de Wikileaks deben haber sorprendido a nadie, pero sí haber aumentado el resentimiento contra la familia Trabelsi, cuya cancerosa corrupción, aparentemente, era de sobra conocida en el país. Inútilmente, en un acto desesperado, que colmó la copa de la paciencia de sus súbditos, Ben Alí ordenó bloquear el acceso a Wikileaks, con consecuencias desastrosas. Los hackers contraatacaron haciendo colapsar las páginas oficiales del gobierno de Túnez y poniendo en ridículo a Ben Alí, que había intentado lo imposible, impedir que la gente no se enterara de lo que estaba ocurriendo en su propio país, como si esos indiscretos, el hambre, la tortura, los abusos del poder, la desesperanza, la revolución, no terminaran siempre por contar sus secretos incluso a los que no los quieren oír, a los más indolentes, a los más tercamente egoístas. Mientras Iris y yo viajábamos hacia Susa, veíamos los nuevos edificios construidos a lo largo de la ruta del tren, a la salida de ciudades y pueblos, pequeños paraísos burgueses, versalles y sanssoucis de la clase media, que cientos de miles de desempleados (más del 14 % de la población activa) jamás podrían rentar o comprar. Pero en la mayoría de las casas, incluso en algunas muy modestas, había antenas parabólicas. El cielo de Túnez, visto desde la ventanilla del tren, aparecía cortado, pinchado, por cientos, miles de antenas. Craso error. Los dictadores y las antenas parabólicas no pueden coexistir indefinidamente. Al Jazeera, más que Wikileaks, parece haber hecho una significativa contribución a la revolución tunecina, difundiendo a todo el país los reportes de los primeros incidentes, los iniciales disturbios, los que el Presidente Ben Alí habría querido mantener ocultos a toda costa, aunque para ello hubiera tenido que dar todo su pelo.
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| La rábida de Monastir, con un cartel representando al Presidente Ben Alí. |
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| Cafés en la Avenida Bourguiba |
Hasta que un día, uno de esos jovencitos desesperados, Mohamed Bouazizi, se prendió fuego frente al edificio de gobierno de Sidi Bouzid, después de que inspectores de esa ciudad derribaran el carro con el que vendía frutas y vegetales por las calles, y confiscaran sus pesas. Son siempre esos pequeñísimos incidentes, esos anodinos eventos, los que dan inicio a las más obstinadas revoluciones. El despido de Anna Walentynowicz en los astilleros de Gdansk, en 1980, provocó la huelga de obreros portuarios de la que saldría el sindicato independiente Solidaridad, contra el que se estrelló el régimen del general Jaruzelsky, último líder comunista de Polonia. Las protestas en Timisoara, en diciembre de 1989, que se extenderían hasta forzar la caída de Nicolae Ceaucescu, fueron causadas por el intento de las autoridades de echar de su apartmento al pastor prostestante Lázló Tőkés, crítico del gobierno. Una simpleza, un rutinario, casi negligente acto de despotismo, puede convertirse, repentinamente, en el último de una dictadura. En Túnez, Bouazizi logró sobrevivir más de dos semanas en el hospital, pero murió de sus quemaduras el 4 de enero. Ben Alí lo visitó en el hospital, pero ese postrer gesto de presunta compasión fue insuficiente para salvar al presidente. Diez días después, en medio de una furia popular incontenible, Ben Alí y su esposa huyeron del país. Dos años y medio antes, Iris y yo habíamos llegado a Cartago, a examinar las ruinas de la famosa ciudad de Aníbal y Salambó, que los generales romanos arrasaron al nivel del suelo, pero que pacientes arqueólogos e historiadores han sacado del fondo de la ciudad nueva. Visitamos los baños de Antonino, construidos en el siglo I, mucho después de la victoria de Roma, y que fueron alguna vez los más grandes del imperio. Nos metimos entre columnas y arcos, examinamos el tamaño de las piscinas. Tomamos fotos para las crónicas que El Nuevo Herald le había encargado a Iris. Era un día plácido, de una casi mortecina quietud entre las mansiones lujosísimas de Cartago. Desde las ruinas, podíamos ver el palacio presidencial, su pequeño embarcadero, la pista de helicópteros, los severos guardianes. El palacio mismo, en una colina cubierta de pinos, dominando el golfo al que una vez llegaron las naves de Escipión, parecía inexpugnable, a salvo de todo peligro, inmune a invasiones y a revueltas populares. Viendo que se aproximaba un aguacero, decidimos regresar a Túnez. Ya saben ustedes que nos cayó toda el agua encima.


Demasiadas semejanzas entre Túnez y Cuba me hacen temer lo peor o, a largo plazo, lo mejor.
ResponderEliminarEsperando el post "Egipto"...
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