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29 de octubre de 2010

La Muerte de Danton

El periódico Granma, cuya caudal elocuencia es rara vez contenida por la discreción o el recato, ha guardado un enigmático silencio sobre la concesión del Premio Nobel de la Paz a Liu Xiaobo.   Quizás en el periódico impreso haya sido incluida una pequeñísima nota en beneficio de los escasos lectores cubanos que prestan atención a estos rituales diplomáticos.  En la edición digital de Granma, sin embargo, no apareció una sola mención al intelectual chino, que recibió la noticia de su premio en la cárcel donde ha estado encerrado más de dos años por su obstinada oposición al gobierno de su país.

O bien Granma no se ha enterado de esta nueva barrabasada escandinava, o bien la Embajada china en La Habana olvidó entregar al diligente periódico del Partido una nota con la respuesta oficial de Beijing al Comité Nobel del Parlamento noruego, que otorga, caprichosamente, el Premio de la Paz: “Liu Xiaobo es un criminal que ha sido sentenciado por violar las leyes de China.  Esta decisión es una profanación de los principios del premio”. Quizás la nota fue entregada, pero a los directores de Granma, muy sensiblemente, les dio vergüenza publicarla.   

Tampoco el dilecto Juventud Rebelde se dio por enterado del premio de Liu Xiaobo.   Fue únicamente el siniestro Cubadebate el que hizo referencia a la decisión del Comité Nobel.    En un ríspido artículo, un tal M. H. Lagarde dijo que “el curriculum vitae” de Liu era semejante al del “tipo de disidente” que Estados Unidos usa “como quintas columnas en aquellos países que no resultan de su agrado por el simple hecho de disentir de su hegemonía”. El colérico articulista la emprendió también contra Mario Vargas Llosa, premiado este año con el Nobel de Literatura, a quien llamó “uno de los ideólogos más reaccionarios de la época”. Otro artículo de Cubadebate, firmado por Manuel Talens y Juan Miguel Company-Ramón, afirmó, crípticamente, que los premios de Vargas Llosa y Liu eran “un síntoma del avance inexorable de la globalización neoliberal liderada por el imperio actual”, una suerte de “movimiento táctico” que prepara el terreno a las armas verdaderas, “las que matan a sangre y fuego”. Cubadebate, que está claramente muy ofendido con el Comité noruego, reportó también unas declaraciones del presidente de Bolivia, Evo Morales, que había sido propuesto para el Nobel por asociaciones indígenas y figuras de la izquierda latinoamericana.  El presidente Morales dijo que el Nobel no sería nunca para “anticapitalistas” o “antiimperialistas” como él y que “a estas alturas”, esas premiaciones son “muy sospechosas”. Evidentemente, el presidente boliviano no ha leído en Granma las frecuentes listas de ganadores del Nobel que protestan contra la política norteamericana hacia la isla o piden la liberación de los cinco agentes de inteligencia cubanos que cumplen largas penas de cárcel en Estados Unidos. ¿Pero quién podría culpar a Evo por no leer Granma?   
Liu Xiaobo
El premio del que Cubadebate no ha dicho nada es el Sajarov, otorgado la semana pasada por el Parlamento europeo a Guillermo Fariñas, “por arriesgar su salud y su propia vida como forma de presión para lograr cambios en Cuba”, de acuerdo con el presidente de la Eurocámara, Jerzy Buzek.  Quizás alguno de los redactores de Cubadebate, M. H. Lagarde, o el dúo Talens y Company-Ramón, está apresuradamente escribiendo la denuncia contra Fariñas y la más brusca repulsa contra los diputados europeos. Pero ya se les ha anticipado el propio Ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, ¿cómo se llama?, quien ha usado el podio de la Asamblea General de las Naciones Unidas para condenar, rotundamente, a un hombre que está todavía casi más muerto que vivo después de su larguísima huelga de hambre pidiendo la liberación de los presos políticos de la isla. El Canciller cubano, que es, como su ya olvidado antecesor, un truhán y un bravucón, calificó de “infame” la decisión del Parlamento europeo, y a Fariñas, de agente pagado del gobierno de Estados Unidos. El estilo de los más recientes cancilleres cubanos recuerda el del joven Fidel Castro, que fue reprendido durante su interminable discurso en la Asamblea General, el 26 de septiembre de 1960, por insultar a John Kennedy, a quien tildó de “millonario analfabeto e ignorante”, que como su rival, Richard Nixon, carecía de “seso político”. Aunque habría que decir que si bien los insultos que Fidel dirigió durante cincuenta años a sus oponentes nunca fueron particularmente imaginativos, elegantes o sutiles, al menos eran más variados que los que sus ineptos discípulos, el Ministro de Relaciones Exteriores de Cuba y los redactores de Cubadebate, han dedicado en días pasados  con antinatural automatismo a Liu, Vargas Llosa y Fariñas.

Mientras estos premios eran otorgados y estos insultos estentóreamente proferidos, en el Teatro Nacional de Londres concluían, con ejemplar civilidad, las presentaciones de “La Muerte de Danton”, la obra de Georg Büchner sobre el gran francés, héroe y víctima de la Revolución.  Georges Jacques Danton fue guillotinado en la Place de la Révolution, en París, el 6 de abril de 1794, o 16 Germinal del año dos de la República. El Comité de Salvación Pública, dominado por Robespierre y Saint-Just, lo había acusado ante la Convención de conspirar con el traidor Dumouriez, antiguo jefe de los ejércitos franceses en Prusia y Bélgica, para derrocar al gobierno revolucionario y restaurar la monarquía.    Presumiblemente, no había nada de cierto en esa acusación, fabricada por Saint-Just para convencer al populacho de París de que Danton, que había dirigido la insurrección de agosto de 1792 que destronó a Luis XVI, y había luego liquidado violentamente la facción conservadora de los Girondistas, había abandonado la causa de la revolución y merecía, con toda justicia, nada menos que la muerte.  En realidad, Robespierre y Saint-Just intentaban con la muerte de Danton y sus seguidores impedir que la Convención se inclinara por el fin de la Terreur, el régimen de terror que los jacobinos triunfantes habían desatado en Francia.  La decisión de ejecutar a Danton había sido tomada, con toda probabilidad, cuando Robespierre leyó un artículo publicado por Camille Desmoulins en Le Vieux Cordelier, el periódico de uno de los más ilustres y activos clubes revolucionarios, el día de Navidad de 1793. Desmoulins, notable dantonista, se había atrevido a dirigir al Incorruptible una carta abierta pidiendo clemencia para los presuntos enemigos de la revolución, a punto de ser ejecutados.  Apelando a la generosidad de su antiguo condiscípulo en el Lycée Louis-le-Grand, Desmoulins se atrevió a formular una insólita, descabellada petición:  “Libera de la prisión a esos 200 mil ciudadanos que has calificado de ‘sospechosos’;  en la Declaración de Derechos no hay ninguna cláusula que permita condenar a la cárcel a un individuo por mera sospecha…” Desmoulins continuaba, temerariamente:    “Estás decidido a exterminar a toda la oposición en la guillotina. ¿Qué empresa podría ser más inútil que esta?   No puedes destruir a un oponente en la guillotina sin crear diez enemigos más entre su familia y sus amigos”. La edición de Le Vieux Cordelier con la carta de Desmoulins a Robespierre, cuyo precio original era dos sous, fue vendida en las calles de París por 20 francos. Los parisinos leyeron con asombro el desafío de la facción dantonista, que a partir de entonces sería conocida como la de los indulgentes, al sacerdote supremo del Terror revolucionario: “Mira a la gente que has encerrado en prisión: mujeres, viejos seniles, ególatras llenos de bilis, los restos del naufragio de la Revolución. ¿Realmente crees que ellos constituyen un peligro? Los únicos enemigos que te quedan alrededor son los que están demasiado enfermos, o son demasiado cobardes, para pelear”. Desmoulins concluía, ingenuamente: “Créeme, la libertad quedaría más firmemente establecida, y Europa sería puesta de rodillas, si tuvieras un ‘Comité de Misericordia’”. “¡Mi Camille!”, exclama Robespierre en la obra de Büchner cuando Saint-Just le muestra el artículo de Desmoulins. “Todos me abandonan… el mundo está vacío… estoy solo”. Solo cuatro meses después, Danton, Desmoulins y su esposa, Lucille, y todos los indulgentes, eran ejecutados, frente a una multitud anonadada por la monotonía del terror. “Sanson”, fueron las últimas palabras de Danton, dirigidas a su verdugo, “enséñale mi cabeza al pueblo:   es algo que vale la pena”.   
Toby Stephens (a la derecha) como Danton,
y Elliot Levey como Robespierre, en "La Muerte de Danton",
en el Teatro Nacional de Londres 
Büchner, que escribió “La muerte de Danton” en fecha tan prematura como 1835, hizo un admirable sumario de los acontecimientos de la primavera de 1794, cuando el Terror, implacable, inderrotable, estaba diezmando a Francia.   La versión del Teatro Nacional de Londres, precisa y vigorosa, reprodujo muy eficazmente el vértigo y el horror de aquellos días, cuando un orador de la clase de Danton o Saint-Just podía, con un ardoroso, dramático discurso, cambiar decisivamente el humor de la chusma de París y el curso de la historia universal. Toby Stephens, el apuesto actor que tomó el papel de Danton, fue medianamente convincente tratando de mostrar los contradictorios sentimientos y pasiones del héroe en sus últimos días: alternativamente, Büchner sugiere, Danton quiso agitar a la multitud y probar su inocencia en la Convención, o se dispuso a morir, con inexplicable resignación:  “Prefiero ser guillotinado, que guillotinar”. Necesariamente, Büchner, y la compañía del Teatro Nacional, tuvieron que pasar, apresuradamente, sobre algunos importantes episodios históricos, como la derrota y ejecución de la facción de los hebertistas, los seguidores de Jacques René Hébert, el infame director de Le Père Duchesne, antecesor y modelo de los M. H. Lagardes de este mundo.     Hébert, obsceno y cruel, fue un brillantísimo fabricante de mentiras, la más extraordinaria de las cuales fue el infundio de que la reina María Antonieta había cometido incesto con su hijo de siete años. La multitud, ignorante y cobarde, creyó todas las calumnias que Pére Duchesne dirigió contra sus enemigos, y aplaudió cada injusta ejecución, hasta que Robespierre, exasperado, temiendo que el atrevido periodista se volviera contra él, decidió exterminarlo.  Hébert y sus secuaces fueron guillotinados solo dos semanas antes que Danton y los suyos, aunque en la obra de Büchner este episodio sea apenas mencionado. Büchner estuvo más obviamente interesado en explorar los caracteres trágicos y gloriosos de Danton y Robespierre. El segundo, llamado el Incorruptible: “No has aceptado dinero, no has contraído deudas, no has dormido con mujeres, siempre usas un traje respetable, y nunca te emborrachas.   Eres aterradoramente virtuoso”, le espeta Danton a su enemigo en el drama de Büchner.   “A mí me avergonzaría andar entre cielo y tierra durante treinta años, simplemente por la miserable satisfacción de encontrar que todos los demás hombres son peores que yo”.  Robespierre y el fanático Saint-Just, veían en el tardío humanitarismo de Danton, y en su escandaloso hedonismo, una incurable, fatal debilidad, si no una palpable traición, y creían que la revolución no podría triunfar definitivamente si se permitía el lujo de ser clemente.   “La Revolución”, gritó Saint-Just a la Convención, “descuartiza a la Humanidad para facilitar su renacimiento. La Humanidad renacerá de este océano de sangre con toda la fuerza y la pureza de la primera creación”.    “Unas pocas cabezas deben caer todavía, y Francia estará a salvo”, dictaminó Robespierre.   “¡Robespierre!”, gritó Danton, camino al patíbulo, al pasar frente a la casa de su rival, “¡tú me seguirás!  ¡Tu casa será arrasada al nivel del suelo, y los hombres echarán sal allí donde estuvo!”  Robespierre, Saint-Just, y otros notables miembros de su grupo, serían, por supuesto, ejecutados en la misma Place de la Révolution de París el 28 de julio de 1794, o 10 Termidor del año 2 de la República, menos de cuatro meses después de la muerte de Danton. 

Ninguno de los escleróticos líderes de Cuba, o si vamos al caso, de China, podría ser comparado con los magníficos revolucionarios franceses de 1793. Solo Fidel, ahora en patético declive, hubiera podido hacerse un lugar, en su feroz juventud, entre los brillantísimos oradores del Club de los Jacobinos.    Los gobiernos de La Habana y Beijing están compuestos por venales burócratas y generales, no por sans-culottes, asaltadores de Bastillas.   Pero uno quisiera que entre ellos hubiera al menos algún dedicado estudioso de pasadas revoluciones, que advirtiera a sus colegas que los desesperados actos de valor de Liu Xiaobo y Guillermo Fariñas, y la incapacidad de sus opresores para doblegarlos, anuncian, estruendosamente, la ruina moral, y probablemente el final inevitable, de sus tiranías. Aunque Cubadebate crea, firmemente, que ninguno de esos dos individuos, tan fácilmente vilipendiados, merezca premio alguno.  Y Granma, por una única vez, se haya quedado sin palabras.      

4 comentarios:

  1. Mi querido JO:

    Qué emoción leerte. Me alegro mucho de que podamos tenerte, quizás de este, el mejor modo, disfrutando de lo que siempre mejor has hecho.

    Gracias por permitírnoslo.

    Un abrazo grande!!!

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  2. La Historia, esa caprichosa y tozuda, siempre tan clara...

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  3. Pemíteme discrepar, mi querido Juan. Robespierre, Saint-Just y Dantón contaban con poco más que sus palabras para convencer al pueblo. En el siglo XXI, cuando las revoluciones no son sino recuerdos polvorientos, efemérides congeladas, en La Habana y Beijing habita una jauría de Héberts, siempre dispuesta a difamar, tergiversar, chantajear, perseguir, censurar. Esa maquinaria, cuyas raíces atraviesan profundamente el espíritu nacional, postergará hasta quién sabe cuándo el fin.

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