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5 de noviembre de 2010

El Doctor Joseph Goebbels cuenta las papas

Las Naciones Unidas han publicado su informe anual sobre algo que llaman, con graciosa exageración, “Desarrollo Humano”. Unos pocos diplomáticos y periodistas leerán las 250 páginas del informe con encomiable disciplina. La mayoría de sus colegas las pasarán distraídamente. En las bolsas, el bono español no valdrá más que hace una semana porque el informe de Naciones Unidas haya dado a España un puesto más alto que a Austria, Italia o el Reino Unido, pero El País, de todas maneras, ha reportado con orgullo deportivo estas enigmáticas estadísticas. El vasto público mundial, si acaso, mirará con indiferencia estas inútiles comparaciones, que prueban algo tan obvio como la diferencia entre Noruega, primer lugar, y Zimbabwe, último, o primero en la lista inversa, la de la bestial pobreza.
  
En La Habana, el informe ha causado seguramente cierta decepción, puesto que la isla, que fue colocada en el puesto 51 el año pasado, ha sido ignominiosamente excluida de la lista principal, y relegada a una pequeña lista secundaria de países cuyas estadísticas son incompletas, poco fiables, o no se ajustan a las reglas usadas para la comparación entre naciones. Es una seña del estado de Cuba, que aparezca ahora en una lista de excepciones junto a Iraq, que ha perdido en la guerra las estadísticas de toda la última década, y las minúsculas islas del Caribe y del Pacífico. Al parecer, los sesudos economistas de las Naciones Unidas se han declarado incapaces de entender el esotérico sistema financiero cubano, y de ajustar el pretendido valor del Producto Interno Bruto de Cuba a parámetros internacionales.  Los autores del informe han logrado, al menos, que las autoridades cubanas se comprometieran a corregir sus estadísticas. “Podemos aguardar, con cierto optimismo, que a su debido tiempo se dispondrá de datos comparables”, han declarado los investigadores.  Es de presumir que el optimismo de los autores del informe será defraudado si el Ministerio de Economía de Cuba finalmente reporta una cifra tan catastrófica que, de ser revelada a las Naciones Unidas, sepultaría a la isla en la mitad inferior de la tabla, lejos de Croacia y Uruguay, sus vecinos en el 2009, y cerca de países mucho menos prósperos y libres. Si ese fuera el caso, probablemente el Ministro de Economía de Cuba, un rotundo pisapapeles llamado Marino Murillo, se tragaría la prueba irrefutable de nuestra pobreza antes que enviarla a Nueva York.

Uno tiene que sentir cierta simpatía por el Ministro Murillo, a quien Raúl Castro ha encomendado la tarea imposible de echar a andar la economía más improductiva del hemisferio occidental. Hay muy pocas posibilidades de que Murillo tenga éxito en semejante empresa.  Granma bien podría escribir ya una nota anunciando la fulminante destitución del Ministro, que inexorablemente ocurrirá el año que viene, o dentro de dos años, o tres. Hasta que esa destitución sea anunciada, Murillo, como su desdichado antecesor, seguirá yendo dos veces cada año a la Asamblea Nacional para anunciar grandes avances sociales y económicos, entre ellos, con seguridad, haber completado el despido de medio millón de empleados del Estado y haber estrangulado con atroces impuestos a los paupérrimos negocios privados. Sus comparecencias serán, de cualquier manera, muy interesantes, puesto que el Ministro Murillo da constantemente muestras de gran ingenio y elocuencia. Unos días después de ser nombrado Ministro de Comercio Interior, en 2006, Murillo prometió contar “uno por uno” los sacos en los almacenes de Cuba, para acabar de una vez con el saqueo de los bienes del Estado. “Son muchas las bodegas del país en las que se trafica con los productos que llegan racionados para la población, desde el azúcar y el aceite hasta el jabón y la pasta de dientes”, tronó el Ministro. Cuatro años después, el mercado negro de La Habana está tan activo como antes de que Murillo contara todos los sacos de frijoles y todos los jabones de Cuba. En mayo del 2009, convertido ya en Ministro de Economía, Murillo rebajó el pronóstico de crecimiento cubano del 6 % a solo 2.5 %, y anunció, como consecuencia, grandes “restricciones en el consumo”, única política económica que el gobierno de La Habana sabe ejecutar con germánica eficiencia. Benignamente, Murillo prometió que “nadie quedaría desamparado”, pero redujo en un tercio la ración de granos distribuida por el Estado a los hambrientos cubanos, y a la mitad la ración de sal. En la Asamblea Nacional, en julio de este año, Murillo rechazó que las durísimas medidas de emergencia anunciadas por el gobierno cubano fueran una “reforma”, palabra que causa escalofríos a los líderes de la isla.   En vez de reforma, Murillo dijo, el gobierno cubano había emprendido “una actualización del modelo económico”. Hay que darle crédito al Ministro de Economía por haber producido uno de los más brillantes eufemismos cubanos, comparables a los que acuñaba, en sus años más lúcidos, el propio Fidel, al estilo de “ofensiva revolucionaria”, “proceso de rectificación de errores y tendencias negativas”, “batalla de ideas”, y otras sublimes argucias. Esta misma semana, Murillo fue a la Central de Trabajadores de Cuba con su jefe, Raúl Castro, a explicar sus planes para reactivar la economía. Frente a los lúgubres dirigentes sindicales, que lo aplaudieron con gran entusiasmo, Murillo se quejó de la relación “desproporcionada” entre el salario medio de los trabajadores cubanos y la producción de bienes de consumo en el país, no porque el primero sea escandalosamente bajo en términos reales, como sin dudas es, sino porque el Ministro, aparentemente, cree que es más alto de lo que debía ser, considerando que “la sociedad reparte bienes de consumo más rápido de lo que los crea”. Inexplicablemente, el Ministro afirmó que la estructura de ocupación de Cuba, donde hay más trabajadores empleados en los servicios que en las industrias o la agricultura, “no permite el buen funcionamiento de ninguna economía”. El Ministro Murillo debería revisar cuidadosamente el Índice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas. En Noruega, país que ocupa el puesto más alto en la lista, solo el 2.1 % por ciento de la población está ocupado en la agricultura, el 39.5 % está empleado en las industrias, y el resto, un abrumador 58.3 %, se dedica a los servicios. Francamente, ¿de dónde saca Raúl Castro a sus ministros?

Contribuyamos a su educación, recomendémosle libros. Yo le recomendaría uno que no debe haber leído todavía, el diario de guerra del Dr Joseph Goebbels.    En las reflexiones del Ministro de Propaganda de Adolf Hitler, el inepto burócrata cubano encontraría quizás un provechoso ejemplo de perspicacia, por más inusual que sea su procedencia. El diario del Dr Goebbels, una colección de notas mecanografiadas en papel de la más alta calidad, sobrevivió milagrosamente la destrucción de Berlín y cayó en manos de un oscuro buscavidas, uno de los muchos que saquearon los edificios oficiales del Reich tras la caída de Hitler. Fue adquirido, después de pasar por las manos de varias personas que nunca advirtieron la relevancia de aquellos documentos, por un tal Frank E. Mason, corresponsal de guerra y antiguo funcionario de la Embajada norteamericana en Berlín, que reconoció al autor del texto y el enorme valor historiográfico de sus comentarios.  El diario del Dr Goebbels no es, comprensiblemente, una lectura fácil o amena, pero proporciona una excelente oportunidad para examinar el alma oscura y la inteligencia suprema, aunque perversa, del gran propagandista e ideólogo del nazismo. Es difícil decir por qué Goebbels escribió estas notas, que lo condenan a un sitio de irredimible infamia en la memoria de la humanidad. Quizás por vanidad, o quizás para ayudar a los futuros historiadores del triunfante Reich a establecer la exacta contribución del Ministro de Propaganda a la victoria. El diario, que fue iniciado en enero de 1942 y quedó interrumpido en diciembre de 1943, contiene abundantes y muy francos comentarios sobre los principales personajes de la cúpula hitleriana, y muchas interesantes observaciones sobre decisivas operaciones militares e intrigas diplomáticas. Pero son las notas referidas a la administración de las raciones de comida en Alemania las que quizás interesen más a los líderes cubanos.  Quizás de ellas saquen un par de lecciones.

El diario del Dr Goebbels prueba que el Ministro de Propaganda dedicó durante esos años, el 42 y el 43, cuando todavía Alemania conservaba la esperanza de la victoria, tanta atención a la distribución de alimentos como al ocultamiento de la verdad sobre la marcha de la guerra. El 22 de mayo de 1942, Goebbels escribió: “He recibido un informe acerca de la presente situación de los alimentos en Berlín.  Da muchas razones para preocuparse.  De nuevo se están acabando las papas.  La primera cosecha aún demorará muchas semanas más, y difícilmente podamos esperar nada de Italia…” Cartas recibidas desde distintas partes del país, anota Goebbels, “indican que el público está muy inquieto” acerca de la situación de los alimentos. Pero “no hay posibilidad de obtener más pan o harina”, se lamenta el Ministro. “La situación es otra vez precaria, y no hay dudas de que será igual en el próximo otoño e invierno”.   Un año después, en efecto, las cosas habían empeorado terriblemente. El 9 de marzo de 1943, Goebbels menciona que ha estudiado “los pro y los contra de reducir la ración de carne en 50 gramos”, como ha propuesto el Ministerio de Alimentación. Si no se toma esta urgente medida, Goebbels explica, habrá que sacrificar hasta la última vaca de Ucrania, algo que tendría muy adversas consecuencias políticas en los territorios ocupados. “Debo hablar de esto con el Führer”, dice el alarmado Ministro, “porque no podemos basar nuestra política alimentaria en ilusiones”. Y añade: “Uno no puede esperar que una vaca dé leche y se deje comer al mismo tiempo”. En mayo, la ración de carne había sido reducida en cien gramos, y Goebbels admite que esta medida “ha tenido un efecto psicológico muy serio”, y que el público está particularmente furioso con Goering, el pomposo jefe de la Luftwaffe, quien había prometido el otoño anterior que a partir de entonces habría suficientes alimentos para todos. “Las cartas que me llegan”, escribe Goebbels el 22 de mayo, “están llenas de críticas”.

Ese mismo día, el Ministro de Propaganda se muestra preocupado no solo por la creciente escasez de alimentos, sino por la corrupción de los altos jefes hitlerianos. “La difícil situación doméstica hace que la gente ordinaria mantenga un ojo vigilante sobre la vida de las figuras prominentes. Desafortunadamente, no todas estas figuras tienen esto en consideración. Algunas de ellas llevan una vida que no puede considerarse de manera alguna acorde a nuestra situación actual”. Solo unas semanas antes, el 16 de marzo, Goebbels había logrado que Hitler firmara un decreto exigiendo que las altas figuras del Estado se comportaran de acuerdo a las necesidades de un país en guerra. Goebbels nota, en su entrada de ese día, que en Berlín hay mucha indignación por la existencia de “raciones diplomáticas”, muy generosas, a las que no tienen acceso ciudadanos con simples cupones. “Debo ocuparme de erradicar este mal”, dice el Ministro. Cuatro días después, el 20, Goebbels se queja ante Hitler de que la Wehrmacht ha solicitado raciones para 13 millones de soldados, aunque solo tiene sobre las armas nueve millones. “Uno puede ver en este incidente cuán irresponsablemente algunos círculos usan las cifras”, dice Goebbels, quien añade, casi filosóficamente: “Las estadísticas no solo pueden probar una verdad, también pueden mentir. Cualquiera que se fíe enteramente de las estadísticas, se verá en serios aprietos”. En las últimas secciones del diario, Goebbels describe, con un vigor literario que sería admirable en cualquier otro autor, la devastación causada por los bombardeos de los aliados en Berlín y otras ciudades. Siempre atento al estado de ánimo de los berlineses, Goebbels toma medidas: “He ordenado que los berlineses reciban cincuenta gramos adicionales de comida cada semana. Diez cigarros deben ser distribuidos a cada persona, y algunas golosinas”. El Ministro entonces explica: “Es muy beneficioso que todo el mundo tenga algo que llevarse al estómago, y reciba algo que ayude a estimular una mente llevada al borde de un ataque nervioso”.
Berlin, 1945
El justo final de Hitler, Goebbels, Goering y el resto de aquellos feroces criminales prueba que las desesperadas medidas del Ministro de Propaganda para levantar la moral de los berlineses no compensaron las abrumadoras derrotas alemanas en todos los frentes de guerra. Las papas y los cigarros, como era de esperar, se acabaron, y las vacas de Ucrania también. Peor aún para el Dr Goebbels, la verdad sobre la inevitable catástrofe a la que Alemania estaba siendo llevada por Hitler, terminó por abrirse paso a través de los reportes de falsas victorias y los patrióticos editoriales publicados en los serviles periódicos del Reich. “Lo que más deprime al pueblo es el hecho de que no tienen ninguna idea general de lo que está pasando. Nadie puede imaginar cómo la guerra va a terminar y cómo vamos a conseguir la victoria”, escribió Goebbels, casi melancólicamente. En la penúltima entrada del diario, el 8 de diciembre de 1943, dos días después de que el Ejército Rojo reconquistara Kiev, la capital de Ucrania, y con Italia y el norte de África ya perdidos, Goebbels se refiere al fervoroso discurso que pronunció en el Teatro del Pueblo, en ocasión del Día de los Trabajadores Ferroviarios. “Cuando subí a la tribuna un verdadero huracán de aplausos me envolvió…  Cada punto de mi discurso fue recibido con gran entusiasmo por los trabajadores ferroviarios. El espíritu mostrado por estos fue excelente, en ninguna medida inferior a la de la reciente reunión de la Juventud Hitleriana en el Teatro Titania”. Nadie dice que el Ministro de Economía de Cuba, Marino Murillo, que no ha matado una mosca, ni tampoco ha enunciado nunca una frase de memorable brillantez, sea un personaje tan maligno como el Dr Goebbels. El pobre Murillo, si acaso, será postreramente una curiosidad. No habrá Nuremberg para él, ni él lo merece.   Pero de todas maneras haría bien en leer el diario del Dr Goebbels. Dos consejos adicionales para él:  que no tome muy en serio los cálidos aplausos de los entecos dirigentes de la Central de Trabajadores de Cuba, que valen tanto en este punto final de Cuba como los que los ferroviarios berlineses dedicaron a Goebbels cuando la suerte de Alemania ya estaba echada. Y que cuente bien las papas. Cuando no le alcancen para alimentar a los quinientos mil trabajadores a los que va a echar a la calle, estará en aprietos.    

7 comentarios:

  1. Orlando, sorprendido como siempre con tus textos.
    ¡Qué lástima no poder tener conversaciones regulares contigo! Porque me imagino que ésto es sólo una muestra de lo que se le ocurre a tu mente.
    Gracias de nuevo.
    Osmani

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  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  3. El final de Murillo está escrito. Ojalá que, mientras le llega su hora, encuentre la lucidez suficiente para repartir con criterio las pocas papas y, a la vez, obvie los aplausos de silicona.

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  4. Siempre he pensado que Fidel organizó la sociedad cubana a semejanza de la Alemania hitleriana: organizaciones para todos los grupos poblacionales, todas supeditadas al gobierno; mecanismos de vigilancia y represión altamente efectivos y, por supuesto, Gramma.

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  5. Juan O: me encanta este análisis, sus comparaciones, su ironía. ¡Qué falta nos hace hablar! Como Álvaro, hasta yo me leeré el diario de Goebbels... Este es de los análisis que a mi padre, en paz descanse, le habría encantado leer.
    ¿Qué estadísticas son fiables en aquella cosa? ¿Cuántas papas quedan por repartir? ¿Cómo se puede entender que el único sindicato cubano aplauda una decisión que dejará en la calle, sin indemnizaciones, a medio millón de trabajadores?
    A falta de esos diálogos que tanta falta nos hacen, te seguiré leyendo.
    Alvarito, tú que tienes experiencia radial: ¿no podríamos grabar podcast a través de skype con debates así? uno al mes aunque sea... creo que estaría bien.

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  6. Buenísimo. Punzante, audaz, irónico. Excelente.

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