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24 de diciembre de 2010

El número tres

Dice Norberto Fuentes que Raúl Castro está al fin libre de la sombra de su hermano mayor y firmemente al mando de su desgraciado país. Fuentes, que ha sido amigo, enemigo, amigo otra vez, y nuevamente enemigo de Fidel y Raúl Castro a lo largo de varias agitadas décadas, debe tener razones para afirmar desde su casa en Miami algo que desmienten varios hechos recientes. En el discurso que le propinó a la Asamblea Nacional de Cuba el sábado pasado, Raúl Castro mencionó el nombre de su predecesor nada menos que 28 veces, quizás no la estrategia más conveniente para alguien que trata todavía de establecer su propia autoridad política frente a un país que ha pasado medio siglo viéndolo y tratándolo como un segundón.

Al General-Presidente no se le ocurrió mejor argumento para defender sus reformas económicas que citar viejos discursos de su hermano mayor. Raúl notó que en 1976, hace 34 años, Fidel había advertido la necesidad de “elevar la eficiencia de la economía, ahorrar recursos, reducir gastos no esenciales, aumentar las exportaciones y crear en cada ciudadano una conciencia económica”. Diez años después, en el III Congreso del Partido Comunista, Fidel Castro volvió a la carga, denunciando “las plantillas infladas, el exceso de dinero entregado a la gente, los inventarios ociosos, los despilfarros…” Si hacemos memoria, podríamos recordar, nosotros también, no uno o dos sino cien discursos semejantes, en los que Fidel criticó acerbamente la ineficiencia de la economía de Cuba y la bovina incompetencia de ministros, directores y obreros, de todos los cubanos, menos él mismo. En  un acto de sublime generosidad filial, y gran injusticia histórica, Raúl eximió de toda responsabilidad al convaleciente Fidel en los males de Cuba. “Él hizo lo que le correspondía”, dijo Raúl, “y yo trato de encontrar una explicación, y expreso que Fidel con su genialidad iba abriendo brechas y señalando el camino, y los demás no supimos asegurar y consolidar el avance de esos objetivos”. Nadie espera que Raúl culpe directamente a su hermano por haber presidido, como Primer Ministro durante 47 años, y como Jefe de Estado durante 30, el derroche o la meticulosa destrucción de las fuentes de riqueza de Cuba.  Tendría, si tal cosa hiciera, que culparse también a sí mismo, por haber sido número dos de Cuba desde 1959. Pero bien podría ser más discreto, más astuto en la elección de referencias académicas, no pretender que son letra de la Biblia y guía para la reconstrucción del país polvorientos discursos de Fidel, que, examinados a la luz de los datos económicos de Cuba,  no muestran más que su diletantismo, su flagrante ineptitud administrativa, su vasta ignorancia en materia de economía y finanzas, y su hábito de culpar a otros por sus propias faltas.  Raúl llegó al extremo de decir que en la Revolución, o en lo que él cree que es tal, “casi todo está dicho”, y que debería verse “qué orientaciones del Jefe de la Revolución hemos cumplido y cuáles no, desde su vibrante alegato La Historia Me Absolverá en el juicio del Moncada hasta hoy”. Inevitablemente, la Asamblea Nacional de Cuba aplaudió esa idea descaradamente absurda. En verdad, la Asamblea Nacional de Cuba hubiera aplaudido vibrantemente a Raúl Castro incluso si este hubiera anunciado algo aún más descabellado que reformar la economía cubana en 2011 de acuerdo con las instrucciones de Fidel Castro en los años cincuenta.  ¿En qué pensaban los diputados de la Asamblea Nacional al aplaudir a Raúl?  ¿Qué recordaban, cuando escuchaban las citas de Fidel? ¿Qué desaguisado, qué catástrofe les vino inmediatamente a la cabeza?  ¿El Cordón de La Habana?  ¿La Ofensiva Revolucionaria?  ¿La Zafra de los Diez Millones? ¿El Sistema de Dirección y Planificación de la Economía?  ¿El Proceso de Rectificación de Errores? ¿El Programa Alimentario? ¿La Batalla de Ideas?  Cada una de esas fantásticas aventuras fue en su momento anunciada entre aplausos estruendosos de la Asamblea Nacional o del Congreso del Partido, solo para ser repudiada y corregida por otra Asamblea, otro Congreso. Hasta Granma, el periódico del Partido, notó cuán ridícula era la proposición de Raúl.  Quizás con refinadísimo sarcasmo, quizás con muy prematuro entusiasmo, el redactor Félix López reportó que los cubanos despedían 2010 con una “revolución dentro de la revolución”. Silvio Rodríguez le dijo a López que en la Asamblea Nacional “se ha dicho lo que yo hubiera querido decir”, aunque no explicó por qué él mismo no dijo exactamente eso durante los años en que fue diputado.  Un simplón, “el mecánico Guillermo”, dijo, “contento”, que por fin se hará “lo que Fidel nos dijo en eso de cambiar todo lo que debe ser cambiado”. Pregúntenle a Guillermo quién es, todavía, el número uno de Cuba.
Raúl Castro ha propuesto una reforma económica muy incompleta, muy superficial, aunque también muy dañina, socialmente. Los riesgos políticos son tales, que Raúl se ve forzado a apelar continuamente a la autoridad de su hermano, al respeto o al miedo que todavía le tienen los ministros, los burócratas del Partido, los diputados de la Asamblea Nacional y hasta muchos cubanos sin pompa y sin título.  Con un poco de suerte, si es bien conducida, y contando con que medio millón de desempleados no salgan a la calle en zafarrancho de guerra, la reforma de Raúl podría tener algún éxito. Ciertos indicadores económicos, como la anémica productividad del trabajo, podrían mejorar rápidamente, aunque es muy improbable que los cubanos vivan mucho mejor en el 2012 de lo que viven ahora. No es mucho más lo que Raúl quiere o puede hacer. Le falta valor, imaginación, cultura, y generosidad, para querer para su país algo más que una variante relativamente benigna de esa dictadura de la pobreza que han padecido los cubanos durante tantos años.   Su reforma, a la larga, será solo el prólogo, parsimonioso y cruel, de la verdadera reforma estructural, esa sí devastadora, que otro gobierno cubano, a la izquierda o a la derecha del actual, empezará algún día. A Raúl Castro, además, le falta tiempo.  Va a cumplir 80 años en 2011, y esa no es edad para comenzar reformas, sino para escribir memorias. El mismo dijo en la Asamblea Nacional, el sábado pasado, que el próximo Congreso del Partido Comunista, en la primavera del próximo año, será el último de la generación de líderes cubanos que él persiste en llamar “histórica”, como si la historia de la isla se hubiera acabado con ellos o nada de lo hecho por generaciones posteriores fuera merecedor de igual calificativo. Curiosamente, en el mismo discurso en que hizo tan mórbida profecía, Raúl la emprendió contra tres depuestos altos funcionarios, los ex ministros de Transporte y de la Industria Básica, y el ex secretario del Partido Comunista en la ciudad de La Habana, quienes fueron acusados, el primero, de “tomarse atribuciones que no le correspondían”, la segunda de “pésimo trabajo”, y el tercero, de “superficialidad”.  Ninguno de esos tres tenía carácter o talento para llegar a ser el líder supremo de Cuba, y su salida de la alta política no ha sido lamentada por el público, pero eran comparativamente jóvenes, y al irse, dejan aún más aislados, en su avanzada vejez, a Fidel y Raúl Castro, y a los integrantes de un pequeñísimo círculo de leales que han sobrevivido cincuenta años en la cima no porque hayan sido especialmente competentes en ninguna tarea de gobierno, salvo en las represivas, sino porque no han dado señas de albergar ninguna ambición excesiva de poder. A Raúl Castro, que ha purgado su gobierno de todos sus potenciales sucesores, se le ha olvidado que todo rey necesita un delfín. O quizás, francamente, no le importa. Après moi, le déluge

Fidel y Raúl Castro han organizado su sucesión tan mal como el propio Stalin, que solo dejó al morir un reducido comité de iguales, Molotov, Beria, Malenkov, Khruschov, Mikoyan, ninguno de los cuales tenía autoridad claramente establecida sobre los demás, y se temían y odiaban entre sí. La muerte de Stalin, inesperada, los lanzó a unos contra otros, más que para alcanzar el poder supremo, para, simplemente, sobrevivir. Khruschov terminaría imponiéndose, renegaría de su antiguo amo, iniciaría la desestalinización.  Beria sería fusilado. Malenkov y Molotov, después de muchas escaramuzas, perderían todos sus cargos y serían echados del Partido. Solo Mikoyan, de los más cercanos a Stalin, ocuparía un alto cargo público, presidente del Presidium del Soviet Supremo, aún después de la caída del propio Khruschov, depuesto por un golpe palaciego en 1964. A Stalin le hubiera quizás sorprendido saber que no fueron Beria o Malenkov los que vencieron en la guerra de sucesión partidista, sino Khruschov, el bufón gordo a quien el Generalísimo hacía comer y beber hasta reventar, y bailar “como una vaca en el hielo” en las largas francachelas del Politburo. Después de la guerra, Andrei Zhdanov, el siniestro comisario cultural que había perseguido a Anna Akhmatova y a Sergei Prokofiev, y había impuesto una doctrina oscurantista de rabiosa ortodoxia ideológica en las artes soviéticas, había emergido como sucesor aparente de Stalin. Pero Zhdanov, alcoholizado, murió de un infarto masivo en 1948. Beria y Malenkov, aliados, se lanzaron inmediatamente contra otros posibles competidores, Nikolai Voznesensky, viceprimer ministro y el miembro más joven del Politburo, y Alexei Kuznetsov, el popular secretario del Partido en Leningrado, que había sido ascendido a comisario del Ministerio de la Seguridad del Estado. Voznesensky, que presumía de su trato confidencial con Stalin, era soberbio y distante, no hacía amigos. Su posición como jefe planificador de la economía era envidiada terriblemente por sus rivales. Kuznetsov no tenía en apariencia enemigos, parecía gustarles a todos.  Pero había cometido un error fatal. En 1946, Zhdanov había convencido a Stalin de que le diera al apuesto líder de Leningrado el puesto en el secretariado del Partido que ocupaba Malenkov, y que lo pusiera en control de la Seguridad del Estado en lugar de Beria, a quien el propio Generalísimo temía. Beria y Malenkov se las arreglaron para que Voznesensky y Kutnetsov perdieran el favor de Stalin. El primero fue denunciado por alterar unas cifras económicas para ocultar la caída de la producción. Al segundo lo acusaron de haber organizado una feria comercial en Leningrado sin permiso del gobierno. Los dos pequeños delitos crecieron hasta convertirse en letales actos de traición, el célebre Caso Leningrado. Stalin, siempre suspicaz, dejó que sus dos perros de presa, Beria y Malenkov, organizaran toda una redada contra la organización del Partido en Leningrado. Cientos fueron detenidos, interrogados y torturados.   Los dos antiguos favoritos fueron expulsados de sus puestos, arrestados, torturados salvajemente por los más brutales verdugos de Victor Abakumov, el ministro de la Seguridad del Estado, y finalmente asesinados, en circunstancias aún oscuras, en 1950, solo tres años antes de la muerte de Stalin. Voznesensky y Kutznetsov fueron los últimos altos dirigentes soviéticos ejecutados en vida del Generalísimo. Con su muerte, probablemente Stalin perdió la última oportunidad de organizar una transición pacífica y exitosa del poder soviético, y evitar que su legado fuera tan rápidamente destruido por su eventual sucesor.
De izquierda a derecha, Anastas Mikoyan, Nikita Khruschov,
Stalin, Georgi Malenkov, Lavrenti Beria y Vyacheslav Molotov
Salvo por su trágico final, la suerte de Voznesensky y Kutznesov resulta fieramente parecida a la de Carlos Lage y Felipe Pérez Roque, quienes perdieron, por una pequeña indiscreción, en el momento más inconveniente, la posibilidad de suceder a Fidel y Raúl Castro, para lo cual estaban ambos idealmente situados, el primero como vicepresidente de Cuba, y virtual primer ministro, el segundo como Canciller.  Gracias a Wikileaks, nos hemos enterado esta semana de que  las cancillerías europeas y latinoamericanas, y el propio Departamento de Estado, consideraban a Lage y Pérez Roque como hombres del futuro, más que del indescifrable presente, una evaluación que compartían todos los observadores de Cuba, y los cubanos mismos. Pérez Roque, ampliamente detestado dentro de la isla, llegó a ser calificado como “la única esperanza de poder influir sobre una reforma en Cuba y el respeto por los derechos humanos”, por Luis Michel, el antiguo comisario europeo para el Desarrollo y la Ayuda Humanitaria. La salida de estos dos ex poderosos solo fue el anticipo de una verdadera purga generacional en el Politburo y el gobierno cubanos, que parece, por lo visto, no haber terminado aún, aunque casi no quedan en aquellas esferas políticos menores de sesenta años a los que se pueda acusar de no haber hecho “sacrificio alguno” para gozar de “la miel del poder”, como dijo Fidel Castro de sus antiguos protegidos cuando cayeron en desgracia. Lage, a quien las cancillerías extranjeras, la prensa internacional y los mismos cubanos consideraban el número tres de Cuba, cometió quizás el error de impacientarse, o de creer que su posición era más sólida de lo que en realidad era.  Debió saber que en Cuba no hay, de verdad, número tres. Ernesto Guevara, que lo fue, en todo menos en título, comprendió muy claramente que la posición de número tres de la Revolución Cubana era imposible, la más frágil y peligrosa de todas, nadie, ni siquiera él, a quien no le faltaba popularidad ni le sobraba modestia, podía sostener un pulso político e ideológico con el formidable dúo de Fidel Castro y su hermano menor. Tras una legendaria discusión con Fidel y Raúl sobre el destino del socialismo en la isla, y los posibles modelos a adoptar, Guevara, que por extranjero no hubiera podido ser nunca líder supremo de Cuba, y seguramente nunca quiso serlo, se fue a hacer la revolución a otro sitio. Juan Almeida, que ocupó la posición de número tres, al menos nominalmente, durante varias décadas, se las ingenió para pasar desapercibido, de forma que a nadie se le ocurriera jamás que aquel autor de guarachas populares iba a ser un día Presidente de Cuba.  Carlos Aldana, que actuó como si fuera número tres, y se lo hizo notar al país, anda todavía cumpliendo su largo exilio político de dos décadas, en las montañas del Escambray. Roberto Robaina, que no fue nunca número tres, pero creyó que lo era, y dejó, fatalmente, que lo creyeran también algunos políticos extranjeros, es ahora pintor, y sus cuadros se venden en Miami y Madrid a coleccionistas privados. El puesto de número tres, en Cuba, es un cementerio de políticos, un museo de ambiciones frustradas, de vanidades derrotadas por la rigurosa estrategia de autoconservación de Fidel y Raúl Castro. El actual ocupante del puesto, el inescrutable José Ramón Machado Ventura, es tan aborrecido en el país, que la mayoría probablemente preferiría que Raúl no muriera nunca, si es que va a ser sucedido por Machadito.  

La Constitución cubana de 1976, reformada en 1992, consagró el mando absoluto de Fidel y su sucesión directa, inmediata, por su hermano menor, a la vez que disolvió el poder y la autoridad de la vicepresidencia del Consejo de Estado en un comité de iguales, no muy distinto del círculo que recibió el poder soviético de manos de Stalin. Absurdamente, Cuba tiene un vicepresidente primero, y cinco vicepresidentes más, como si fuera un bucólico cantón suizo y no una republica tropical de tradición presidencialista.   De ellos, que son los mismos en el núcleo de poder del Politburo, saldría, hipotéticamente, el encargado de continuar la timorata reforma de Raúl, y quizás de profundizarla.    ¿Quién será ungido como segundo secretario del Partido, si Raúl, como es de esperar, es elegido primero, reemplazando finalmente, también en esa posición, a su hermano? Puesto que no se ve a nadie más, debe ser Machado Ventura. Pero este octogenario es incapaz de conducir a Cuba a través de las tormentas políticas que se avecinan, y mucho menos de iniciar la fundamental, profunda reforma política, la amplia reconstrucción democrática de la sociedad cubana que debe preceder, acompañar y guiar a la reforma económica. Y tampoco lo son los demás personajes que conocemos, estrujados burócratas y generales sin una pizca de compasión por su pueblo, que apenas conocen ya el país en que viven, su urgencia, su hambre, su casi apagada esperanza. Quizás, en el año que va a empezar, conozcamos algunos nombres nuevos. Debe estar, el sucesor, en alguna parte, esperando, calculando sus próximos movimientos, evitando por todos los medios ser elevado, en el peor momento, al número tres. A lo mejor, como Khruschov en su hora, se está haciendo pasar por tonto. Nos vamos a llevar una sorpresa.     

6 comentarios:

  1. Magnífico. ¿Qué más se puede decir sobre tu texto? Ah, sí, ¡gracias!
    Osmani

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  2. Algunos nombres faltan a tu lista, el más notorio el del Ministro Comandante, Ramiro Valdés, quien no descansa en sus visitas a zonas estratégicas, como el futuro polo de desarrollo energético en Cienfuegos.
    Al nuevo ministro de Economía se le ha visto mucho en estos días en la Asamblea, como la "eminencia gris" detrás de las reformas, digo, de la actualización del modelo...
    Por otra parte, no debemos olvidar la advertencia del médico de Fidel, Eugenio Zelman, sobre la posibilidad de que este viva... 120 años.

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  3. JuanO, los españoles suelen usar la expresión "más se perdió en Cuba" ante alguna pérdida importante. La prensa cubana, la auténtica, esa que también tendrá que renacer de entre las cenizas, también perdió mucho al perderte... Ya sabes que soy especialistas en trabalengüas :)
    Magnífico análisis. Ahí que voy, a recomendarlo por todos los canales.

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  4. Leo y releo, tienes razón. Se disfuminó la miseria, compartieron unos pocos los recursos que mágicamente han ido a ser parte de arcas privadas y anónimas. No hubo pizca de compasión, sigue sin haberla. La masa opacada carece de causa y líder, sigue ocupada en su propia sobrevivencia. Peones seguiremos siendo sacrificados.
    El futuro de Cuba es un tunel en espiral.

    Aurora

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  5. Bien escrito y documentado. Buen artículo.

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  6. Es que es moralmente insostenible.

    ¿Cómo alguien con un mínimo de cordura puede creer aún que en ese país todo el mundo lo hace todo mal, excepto dos hermanitos?

    Estoy loca por vivir el momento del cambio, del fin. Para ver qué cuento van a contar todos esos que aún hoy tienen la desvergüenza de seguir bailándoles las aguas.

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