Mark Zuckerberg no es un hombre, es una época. Este chico neoyorkino de 26 años, que en vez de jugar al fútbol o al béisbol juega con nuestra curiosidad, nuestra vanidad y nuestras más indomables esperanzas, ha sido elegido Hombre del Año por la revista Time. Este título, aunque tan rematadamente insignificante como todos los que se otorgan cada diciembre a lo más notable, terrible o amable del año que termina, es en este caso muy apropiado.
Ninguno de los otros candidatos, salvo, quizás, Julian Assange, el líder de Wikileaks, representa mejor el estado actual de la civilización occidental, o de lo que así es todavía llamado, tan erróneamente. Es una justa decisión, quizás la más elocuente que haya tomado Time desde que otorgó el título a un hombre aún más joven que Zuckerberg, y casi tan influyente entre sus contemporáneos como el fundador de Facebook entre nosotros, el insigne Charles Lindbergh.
Ninguno de los otros candidatos, salvo, quizás, Julian Assange, el líder de Wikileaks, representa mejor el estado actual de la civilización occidental, o de lo que así es todavía llamado, tan erróneamente. Es una justa decisión, quizás la más elocuente que haya tomado Time desde que otorgó el título a un hombre aún más joven que Zuckerberg, y casi tan influyente entre sus contemporáneos como el fundador de Facebook entre nosotros, el insigne Charles Lindbergh.
Al otorgar el título a Lindbergh, en enero de 1928, Time enumeró las características del héroe que la primavera anterior había volado sin interrupciones entre Nueva York y París, en el frágil Espíritu de San Luis, el avión más famoso de la historia: “Modesto, taciturno, retraído (las mujeres lo hacen enrojecer) resuelto, valiente, ocasionalmente brusco, flemático”. La revista notó que Lindbergh no bebía ni fumaba, y le gustaban los dulces. También, que tenía pies tan largos que al llegar a París no había en la Embajada norteamericana ningún par de zapatos que le sirvieran para atender las muchas galas a las que era invitado. De Zuckerberg, más académicamente, Time ha dicho que es el jefe de estado, en “camiseta”, del tercer país más vasto de la Tierra, esa nación insomne, ese carnaval veneciano que es Facebook, que está a punto de llegar a los 600 millones de usuarios. Zuckerberg tiene fama de ser brusco, torpe en sus modales, y de mostrar habitualmente mínima consideración por las convenciones del trato personal o profesional. En La Red Social, la película sobre los orígenes de Facebook que los espectadores de casi todo el mundo han podido ver este otoño, el actor Jesse Eissenberg intepreta a Zuckerberg como un prodigioso idiota, un genio que se mueve mejor entre algoritmos que entre otras personas, que causa discordia y rencor entre sus amigos y condiscípulos de Harvard a la vez que enlaza a cientos de miles de desconocidos y reparte entre ellos, como un dios gentil, certificados de amistad. Pero Lev Grossman, redactor de Time, no vio a ese Zuckerberg cuando llegó a California a entrevistarlo a mediados de noviembre, ni tampoco fue ese el que concurrió al programa de Oprah Winfrey para anunciar la donación de 100 millones de dólares de su fortuna personal a las escuelas de Newark, New Jersey. Grossman encontró a Zuckerberg en medio de una conferencia, discutiendo el lanzamiento, el día anterior, del nuevo servicio de mensajería de Facebook. “Zuckerberg mantenía el control de la reunión, moviéndose rápidamente por los puntos de la agenda -sin notas o pizarra, hablando con las manos- pero su tono era relajado”. El nuevo Messenger, al parecer, había sido inaugurado sin apenas sobresaltos o errores de último minuto. En Oprah, el joven genio apareció igualmente distendido, encantador, mucho más agradable que sus acompañantes, el alcalde de Newark y el gobernador de New Jersey, dos malencarados politicastros de distintos partidos que, escandalosamente, estaban juntos en aquel estudio solo por el dinero.
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| Mark Zuckerberg |
El invento de Zuckerberg, Facebook, es tan demostrativo de las ambiciones de nuestra época y de las abismales contradicciones de nuestra cultura como el vuelo de Lindbergh lo fue de las de su época. Las treinta y tres horas que duró el viaje del Espíritu de Saint Louis fueron, en términos históricos, casi equivalentes a las cinco semanas de navegación que realizó, en sentido contrario, cuatro siglos antes, Cristóbal Colón, y a la fracción de segundo que toma a un usuario de Facebook en Londres hacerse, presuntamente, amigo de otro usuario, en La Habana, en Berlín o en Tokyo. En La Conspiración contra América, una novela de nostalgia y aterradoras posibilidades, Philip Roth ha recordado la significación de la hazaña del gran aviador, que coincide, en la trama, con el anuncio de que la madre del protagonista está embarazada de su primer hijo. “Como consecuencia, el joven aviador cuya valentía había estremecido a América y al mundo, y cuya proeza señalaba un futuro de inimaginable progreso aeronáutico, vino a ocupar un lugar especial en la galería de anécdotas familiares que generan la primera mitología cohesiva de un niño. El misterio del embarazo y el heroísmo de Lindbergh se combinaron para dar una distinción casi divina a mi madre, para la cual nada menos que una anunciación global había acompañado la encarnación de su primer hijo”. La novela de Roth es una fantasía histórica y una desgarradora biografía doméstica, el examen de lo que hubiera ocurrido si Lindbergh, sospechoso de simpatizar con los Nazis y de tener una resuelta disposición antisemita, hubiera derrotado a Franklin Roosevelt en las elecciones presidenciales de 1936 como candidato del Partido Republicano. Cualesquiera que sus sentimientos hayan sido antes de la guerra, Lindbergh, debe decirse, sirvió con honor a su país en la gran batalla contra Hitler. Su vuelo a París, del 20 al 21 de mayo de 1927, causó ciertamente el mismo alboroto que una anunciación divina, y ninguna sospecha sobre su carácter u opiniones debería empequeñecer la memoria de aquella hazaña, como no disminuirían los méritos de Mark Zuckerberg si fueran verdad los rumores sobre su falta de urbanidad. Lindbergh fue el héroe de una época en que, siendo Hitler todavía apenas el líder de un pequeño partido de facinerosos, la posibilidad de una nueva guerra era visible solo para los más curiosos observadores, y los horrores de la década anterior eran lentamente olvidados en medio del estruendo de las orquestas de jazz. Europa y América parecían venir al encuentro una de otra, no prepararse para otra carnicería. Aún faltaban dos años, cuando Lindbergh voló a Europa, para el crash de Wall Street. Era una época de optimismo en Estados Unidos, de la que la misma revista Time, creada en 1923, era ejemplo y vocero. Henry Luce y Britton Hadden, los fundadores de la revista, tenían solo 25 años cuando el primer número de Time salió a la calle. Lindbergh tenía también 25 cuando aterrizó en París. Mark Zuckerberg no había cumplido 20 cuando Facebook salió a la red, en febrero de 2004. Fueron, todas estas, empresas de jóvenes, que casi por diversión, casi por casualidad, terminaron cambiando, bastante, el periodismo, el sentido de la geografía o, más profundamente, las relaciones entre las personas. Lindbergh, en verdad, no voló a París, sino, como todo el mundo se dio cuenta incluso entonces, al neblinoso futuro. Al crear Facebook, Zuckerberg no solo puso en contacto continuo a personas que quizás no necesitaban ni querían estarlo, no solo los hizo compartir información habitualmente irrelevante, que en la red pasa por revelatoria, íntima o confesional, no solo permitió que surgieran tribus y naciones virtuales, agrupadas en torno a manifiestos de diez palabras, y que marcharan, electrónicamente, con sus firmas, no con sus pies, cientos de miles de airados o entusiastas combatientes de las más razonables o desquiciadas causas, sino que desafió abiertamente las fronteras del espacio individual, las normas tradicionales de relación entre cada persona y su grupo, y nuestro entendimiento de palabras que creíamos perfectamente inteligibles, como amistad, que de repente ha adquirido un significado mucho más ligero y casual del que solía tener. Facebook, al mismo tiempo, nos hace sentir más cerca de otros, y terriblemente solos. Estamos acompañados por muchos, pero solo online.
El Espíritu de Saint Louis fue el heraldo de un siglo de viajeros, de turistas, soldados e inmigrantes, centenares de miles, millones de ellos, que cruzarían el planeta en muy pocas horas, como si los kilómetros hubieran sido reducidos, mágicamente, a milímetros. Lindbergh no creó la aviación moderna, como Zuckerberg no creó Internet, ni siquiera las redes sociales. Pero el vuelo de Lindbergh resumió en un único, descabellado acto de coraje individual los avances tecnológicos de décadas anteriores, y los cortísimos vuelos de pocos metros, o pocas millas, de modestos pilotos desconocidos, y mostró al público un nuevo mundo en el que era posible desayunar en Nueva York, almorzar en París, y cenar en Estambul. Zuckerberg y Facebook han hecho nuestro mundo aún más pequeño que el de 1928, aunque no necesariamente, como tampoco el vuelo de Lindbergh, lo hayan hecho más fraternal. El vuelo de Lindbergh preludió los bombardeos de la Luftwaffe sobre Londres y Stalingrado, y los de los aliados sobre Berlín y Dresde. Facebook, creada en el mismo año en que George W. Bush fue electo presidente por segunda vez, es una nación rodeada por ejércitos enemigos, una próspera ciudad burguesa sitiada por bárbaros. Mientras la gente intercambia en Facebook diminutas anécdotas domésticas, en el mundo real, si es que tal distinción puede hacerse, tan groseramente, continúan la guerra y el hambre. Facebook ha sido invadida por toda suerte de lunáticos y terroristas, por asesinos y rufianes, y por las corporaciones y sus publicistas. En medio del barullo de los que intercambian fotos de vacaciones, videos de Youtube, recetas de cocina o lánguidos comentarios sobre el tiempo, no se oyen, a veces, aullidos de dolor o pánico, como el de Tyler Clementi, un estudiante de Rutgers University que escribió en Facebook, antes de lanzarse del puente George Washington de Nueva York el pasado 22 de septiembre: “Jumping off the gw bridge sorry”. Nadie, nadie, nadie, detuvo a Clementi, que murió en horrible soledad y angustia, asfixiado por la inexplicable crueldad de las personas reales, abandonado, en ese último minuto, por todos los miembros de su lista de amigos. Pero Mark Zuckenberg no tiene la culpa de que el mundo real sea peor que el de Facebook, o que este magnífico juguete, cuyo mayor beneficio es poder extender y conservar amistades ganadas y construidas cara a cara, piel a piel, a viva voz, sea inadecuado o insuficiente para salvar las vastas distancias entre completos desconocidos, para curar la soledad o la apatía, y para reclamar un poco de amor o de genuino afecto. Ni es su culpa que la ilusión de la amistad con cientos de extraños no cure la nostalgia por los verdaderos amigos distantes, los que uno quisiera abrazar y besar, pero solo puede, dadas las circunstancias, tag en una foto o, pícaramente, poke. Habría que decir que Zuckenberg no fue la elección del público consultado por Time, sino el de los editores. Los lectores eligieron a Julian Assange, con una clara mayoría. Pero es justo, por todo lo dicho, que el Hombre del Año en la revista Time sea Mark Zuckenberg. Assange ha ganado algo mejor: un juicio, la cárcel, quizás la historia.
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| Charles Lindbergh junto al Espíritu de Saint Louis |


Como siempre es una clase leerte. Saludos. Dagmar
ResponderEliminarPasado el tiempo de los actos heroicos, hackers y geeks se disputan las primeras planas de los diarios. Es como si comenzáramos a vivir en una película de ciencia ficción.
ResponderEliminarY quién podría ser el hombre o la mujer del año en Cuba? Acaso Mariela Castro, que anunció el futuro ascenso a la presidencia de una mujer o de un transexual? O su padre, por el extenso mea culpa ante las cámaras de televisión y la mirada unánime de los parlamentarios?
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